Plitvice viene de plitak, que en croata quiere decir poco profundo. Es un nombre raro para un parque que tiene un lago de cuarenta y siete metros de hondo y la cascada más alta del país. Me pasé un día entero recorriéndolo en busca de algo que estuviera a la altura de su nombre. Lo encontré, pero no en el parque.
Fui en coche. A mitad de camino paré a tomar un café en un pueblo del que no apunté el nombre. No era un pueblo antiguo. Las casas tenían pocas décadas, pero estaba todo desconchado, como si nadie hubiera vuelto a pintar en muchos años. Enfrente del bar había un parque con un monumento a la amistad entre el pueblo soviético y el yugoslavo. Tenía una estatua, creo que de Tito. Le habían cortado la cabeza. Al levantarme para pagar me fijé en las fachadas. Todos los edificios tenían agujeros de bala. Todos.
Hasta ese día, lo que yo sabía de Yugoslavia cabía en una servilleta. Un mapa del colegio en el que Croacia no existía y todo aquello era una mancha grande del mismo color. Una selección de baloncesto que me sabía de memoria, Petrović, Kukoč, Rađa y Divac. Y un par de discos de Goran Bregović. En nada de eso salían agujeros de bala. Volví al coche y estuve un buen rato conduciendo con la radio apagada. De todo el viaje, es lo que más me impresionó.
Alrededor del parque hay pocos hoteles y muchos carteles de SOBE, que quiere decir habitaciones. Son casas particulares que alquilan cuartos y que, si se les pide, dan de cenar y de desayunar. Yo dormí en una que se llamaba Villa Zora. Llegué a finales de verano, me enseñaron el cuarto y me preguntaron si quería cenar allí. Dije que no. Viajaba solo y tenía la idea, bastante tonta, de que los sitios se conocen cenando fuera. Acabé en una pizzería del montón, con una pizza fina de las que se terminan en cuatro bocados.
A la mañana siguiente entendí lo que me había perdido. El desayuno era de cosas de allí, quesos, embutidos, pan, dulces de la casa y otras que no supe nombrar, y todo estaba buenísimo. Lo compartí con otros huéspedes, cada uno de un país. Servían dos chicas jóvenes que trabajaban en la casa, muy graciosas entre ellas y muy tímidas con los demás. A una le pregunté qué quería decir Plitvice.
—Shallow —me dijo en inglés, y se fue corriendo a la cocina.
Desde el comedor se la oyó reírse con la otra. A lo mejor la pregunta les pareció poco profunda.
Desde el primer mirador se ven los lagos de abajo, encajados en un cañón, con un agua entre verde y azul que no he vuelto a ver en ningún sitio. Es tan clara que se ve el fondo, los troncos caídos, las piedras, los peces. Parece que basta con meter la mano para tocarlo todo. Visto así, el nombre tiene sentido.
Según el parque, viene del arroyo Plitvica, que llevaba poca agua, y aparece escrito por primera vez en 1558. Yo creo que los que se lo pusieron se fiaron también de lo que veían, porque aquí el agua engaña. El Kozjak, el lago más grande, tiene cuarenta y siete metros de fondo, y desde la orilla parece que te va a llegar por la cintura.
Lo mejor es el arroyo. El Plitvica, el de poca agua, el que dio nombre a todo esto, llega al borde del cañón y se tira por el Veliki slap, que es la cascada más alta de Croacia. Abajo se junta con los lagos y nace el río Korana. No está mal para un arroyo que no cubría.
Los lagos los ha hecho el musgo. El agua de Plitvice baja tan cargada de cal que la suelta por donde pasa, sobre todo donde salpica. La cal se pega al musgo, el musgo queda enterrado en piedra y encima crece musgo nuevo, que también acaba enterrado. Así, capa a capa, se levantan las barreras de travertino que cortan el valle en escalones y embalsan los dieciséis lagos, doce arriba, entre hayas y abetos, y cuatro abajo, en el cañón. Según el parque, las barreras crecen unos trece milímetros y medio al año. Las que se ven hoy tienen seis o siete mil años, y en mitad del bosque quedan otras de hace más de doscientos mil, de lagos que ya no existen.
Que esta piedra la hacen las plantas lo descubrió un botánico croata, Ivo Pevalek, el mismo que en 1920 se fue a Berlín a dar conferencias para pedir que protegieran los lagos. El parque entero lo ha levantado una planta que mide dos dedos.
Por los lagos se va en pasarelas, tablones de madera tendidos a un palmo del agua. En el siglo XVII los mapas llamaban a esta zona el Jardín del Diablo, porque no había forma de entrar. Los primeros puentes y miradores se pagaron en 1898 con lo que recaudó un concierto, la despedida de la soprano Milka Trnina en el Teatro Nacional de Zagreb, y en agradecimiento le pusieron su nombre a unas cascadas de los lagos inferiores. Se lo pusieron en vida.
Hoy entra casi millón y medio de personas al año, de unos ciento sesenta y tres países, y aquel día parecía que habían venido todas a la vez. Se avanza en fila, al paso del que va delante, sin poder adelantar ni bañarse, con un calor que apretaba.
Llevaba puesto en la cámara el filtro polarizador, que quita los reflejos del agua y deja ver lo que hay debajo. Con él, la cámara ve más hondo que el ojo. Me pasé la mañana fotografiando el fondo de los lagos, los troncos cubiertos de una costra blanca, el sitio exacto donde el agua pasa de verde a azul, los peces de cara a la corriente. Muchos eran truchas, que viven en estos lagos desde siempre, aunque ahora las arrinconan otros peces que alguien trajo de fuera, como el lucio. Fue un buen día de fotos.
Lejos del agua, el parque es bosque en sus tres cuartas partes. En él viven osos, lobos, linces y nutrias. El oso es el logotipo del parque, y en los senderos de los lagos casi no hay papeleras, para que no se acostumbre a buscar comida en la basura. Hay más de mil cuatrocientas plantas distintas, entre ellas más de sesenta orquídeas y tres carnívoras, y en el bosque viejo de Čorkova uvala crece un abeto de más de quinientos años y cincuenta y ocho metros de alto. Aquel día no vi ni un oso ni un abeto famoso. Vi agua.
Por la tarde me dolían las piernas, porque andar despacio y en fila cansa más que andar. Crucé el Kozjak en uno de los barcos eléctricos. A media travesía, con el sol de lado, se ve bajo el agua una línea blanquecina. Es una barrera de treinta y seis metros de alto que hasta hace unos cuatrocientos años partía el Kozjak en dos lagos, y ahora queda seis metros por debajo de la superficie. Desde el barco se ve el borde de un lago que ya no está.
Luego me senté en una piedra de la orilla a ver ir y venir los barcos. Llevaba todo el día sin hablar con nadie.
Para los lagos hay otra explicación, y es la que se cuenta allí. Hubo una vez una sequía tan larga que se secó hasta el río Negro. La gente y los animales se morían, y el valle entero rezaba para que lloviera. Entonces bajó del Velebit la Reina Negra, un hada buena, con su séquito, y mandó una tormenta que llenó el valle de lagos. Al primero lo llamaron Prošćansko, de prositi, que es pedir. Agradecidos, le construyeron unos palacios sobre el Kozjak, pero ella se retiró a vivir bajo tierra, junto a los lagos Galovac y Okrugljak, y desde allí siguió cuidando de la gente. Un día el Galovac se desbordó, la gente la llamó asustada y ella salió a la cascada envuelta en una luz mágica para hacer unas promesas. Que vendría gente de todo el mundo a ver los lagos. Que por allí pasarían muchos ejércitos y correría mucha sangre. Y que algún día volvería.
La gente de todo el mundo la vi en las pasarelas. La sangre la leí al volver. El domingo de Pascua de 1991 la policía croata entró en el parque para desalojar a los rebeldes serbios que lo habían ocupado, y hubo tiros todo el día. Murieron un policía de veintidós años, Josip Jović, y un miliciano serbio. Croacia recuerda a Jović como la primera víctima de su guerra. Después el parque estuvo cuatro años en manos de los rebeldes, y la UNESCO lo tuvo en su lista de patrimonio en peligro hasta 1997.
Aquella mañana, antes de salir, había estado hablando un rato con el dueño de Villa Zora. Hablamos de Yugoslavia y de la guerra. Él era partidario de una Yugoslavia unida, y lo seguía siendo. Decía que había mucho de bueno y que se perdió por el camino. En algún momento me contó que su mujer había muerto. Era bosnia. Yo le escuchaba con lo que llevaba en la servilleta y asentía.
He buscado Villa Zora en internet para poner aquí la dirección y ya no aparece en ningún sitio. Me habría gustado saber qué ha sido de él.
Lo bueno que se perdió por el camino lo tenía yo delante y no lo veía. Aquella selección de baloncesto que me sabía de memoria ganó el Mundial de 1990 en Argentina. Al acabar la final, Divac le quitó a un aficionado una bandera croata y la tiró al suelo. Él ha contado siempre que lo hizo porque aquel triunfo era de Yugoslavia. Petrović lo vio de otra manera, y dejaron de hablarse. En el Europeo de 1991, en Roma, el esloveno Zdovc se marchó a mitad de torneo porque había estallado la guerra en Eslovenia. Petrović se mató en un accidente de coche en 1993, y no les dio tiempo a hacer las paces.
Los discos tampoco eran tan inocentes. Ya en casa leí que Bregović, hijo de padre croata y madre serbia, dice que los años de Tito fueron probablemente la mejor época de su historia, porque fueron años de paz, aunque reconoce que Tito perdió la ocasión de convertir Yugoslavia en un país democrático. El dueño no estaba solo. En una encuesta de Gallup de 2016, ocho de cada diez serbios y casi otros tantos bosnios decían que la ruptura había perjudicado a su país. En Croacia lo pensaba menos de uno de cada cuatro, y más de la mitad creía justo lo contrario.
En el pueblo del café, la guerra seguía en las fachadas, a la vista de cualquiera. En Plitvice no se ve. Está debajo de la postal, igual que la barrera del Kozjak, que solo aparece si el sol da de lado y uno sabe dónde mirar. Para aquel hombre, Yugoslavia era eso, una línea blanca bajo el agua, el borde de algo que ya no está.
Plitvice quiere decir poco profundo. Lo único que estuvo a la altura del nombre fue lo que yo sabía de todo aquello. Un mapa del colegio, cuatro jugadores de baloncesto y un par de discos. Y resulta que hasta los discos sabían más que yo.
Los lagos de norte a sur, con las dos entradas, los embarcaderos del barco eléctrico y los lagos de la leyenda. La capa de senderos marca los caminos señalizados del parque. Toca un número para ver la ficha. Rastoke y los dos campings del parque quedan fuera del encuadre. Aleja el mapa para verlos. Debajo tienes los enlaces oficiales, el álbum de fotos y la información práctica para la visita. El álbum del viaje por Croacia en Flickr, con todas las fotos. Plitvice es un parque nacional (no un parque natural), el más antiguo y el más grande de Croacia. Se declaró en 1949 y está en la lista de Patrimonio Mundial de la UNESCO desde 1979. Tiene casi 300 km², de los que el agua ocupa menos del uno por ciento y el bosque unas tres cuartas partes. Lo forman dieciséis lagos con nombre y otros más pequeños, escalonados y separados por barreras de travertino. Los doce superiores descansan sobre dolomía. Los cuatro inferiores van encajados en un cañón de caliza que termina en el Veliki slap, la cascada más alta del país (78 metros según unas cifras del parque, 87 según otras). Al pie de los lagos nace el río Korana. Adultos — 10 € de enero a marzo y de noviembre a diciembre · 23 € en abril, mayo y octubre · 40 € de junio a septiembre. Incluye el barco eléctrico del lago Kozjak, el tren panorámico y el seguro de visitante. El aparcamiento va aparte. En la web de venta del parque se elige día, acceso y franja horaria. Hay un número limitado de entradas por hora y por acceso, y en verano las buenas franjas vuelan. La entrada no se puede cambiar ni devolver, y solo vale para el acceso y la hora elegidos. Si no se han agotado, también se venden en las taquillas de la Entrada 1, la Entrada 2 y el acceso auxiliar Flora. Abierto los 365 días del año, con horario según la temporada. En octubre de 2026 los accesos abren de 7 a 18 h y la venta en taquilla cierra a las 15 h. Con el cambio al horario de invierno, a finales de octubre, el parque abre a las 8 y el horario se acorta. En invierno cierran casi todos los servicios y algunos senderos pueden cerrarse por nieve o hielo. Conviene mirar la web el día antes. El parque las llama programas y están señalizados desde cada entrada. Entra en la primera franja de la mañana o con la entrada de tarde, y evita de 10 a 15 h. Abril, mayo y octubre traen más agua, menos gente y entrada más barata. Un filtro polarizador ayuda mucho a quitar los reflejos y a sacar el fondo de los lagos. Para fotografiar por gusto no hace falta ningún permiso. Los drones están prohibidos. En coche — unos 130 km desde Zagreb (algo más de 2 h) y unos 120 km desde Zadar (unas 2 h), por la carretera D1, que pasa junto a las dos entradas. El aparcamiento se paga al salir — 2 €/hora de junio a septiembre y 1,50 €/hora en primavera y otoño. Dentro del parque, en 2026 solo funciona el Hotel Jezero, junto a la Entrada 2. Los hoteles Plitvice y Bellevue están en obras de renovación. El parque gestiona también los campings Korana y Borje. Si duermes en el Jezero, en recepción te alargan la entrada de un día. Fuera, lo de siempre en Lika — sobes, habitaciones en casas particulares, muchas con desayuno o cena por encargo. Si te ofrecen la cena, di que sí. Las hay en Mukinje y Jezerce, a un paseo de la Entrada 2, y en Plitvica Selo y Rastovača, junto a la Entrada 1. Villa Zora, la casa donde dormí, ya no aparece en ninguna web. Existió, doy fe, pero no he podido encontrar qué fue de ella. Prohibido bañarse en los lagos. No se puede salir de los senderos ni de las pasarelas. Los perros, siempre con correa, también en el barco y en el tren. Fauna — osos pardos, lobos, linces y nutrias, todos estrictamente protegidos. 168 especies de aves, 22 de murciélagos y 321 de mariposas. En los lagos, la trucha común y dos cangrejos de río amenazados. En los mapas del siglo XVII la zona aparecía como el Jardín del Diablo (Vražji vrt), porque no había manera de entrar. Rastoke, en Slunj, a media hora al norte, es un pueblo de molinos de agua construido sobre las cascadas del río Slunjčica, donde se junta con el Korana. Código ético — Ninguno de los establecimientos mencionados ha pagado por aparecer en este espacio.
EL CAFÉ
LA CENA
EL NOMBRE
EL MUSGO
LAS PASARELAS
EL KOZJAK
LA REINA NEGRA
LO QUE SE PERDIÓ POR EL CAMINO
EL MAPA
TIPS E INFORMACIÓN PRÁCTICA
PARQUE NACIONAL DE PLITVICE
Web oficial, horarios, normas y estado de los senderos.
VENTA DE ENTRADAS
Tienda oficial del parque, con día, acceso y franja horaria.
RUTAS POR LOS LAGOS
Los programas A, B, C, E, F, H y K, con duración y recorrido.
FOLLETOS Y MAPAS
Mapas y folletos descargables del parque.
ALOJAMIENTOS EN PLITVICE
Sobes, casas de huéspedes y hoteles alrededor del parque.
EL BOTÍN FOTOGRÁFICO COMPLETO
QUÉ ES
ENTRADAS 2026
Entrada de tarde en verano — 25 € a partir de las 16 h (junio a agosto) o de las 15 h (septiembre).
Estudiantes con carné — 6 € · 14 € · 25 € (15 € la de tarde).
Niños de 7 a 18 años — 4 € · 6 € · 15 € (9 € la de tarde). Menores de 7, gratis.
Entrada de dos días seguidos (adultos) — 15 € · 39 € · 60 €.CÓMO SE COMPRAN
HORARIO
QUÉ RUTA ELEGIR
Desde la Entrada 1 — A (2 a 3 h, solo lagos inferiores) · B (3 a 4 h, con barco y tren) · C (4 a 5 h, unos 8 km, lagos inferiores y superiores).
Desde la Entrada 2 — E (2 a 3 h, lagos superiores) · F (3 a 4 h) · H (4 a 6 h, unos 9 km, todo el sistema).
K1 y K2 — 6 a 8 h, la vuelta completa a pie desde cualquiera de las dos entradas.
Si solo hay un día, la C o la H.PARA HACER FOTOS SIN TANTA GENTE
CÓMO LLEGAR
En autobús — hay líneas directas desde Zagreb y desde Zadar que paran en la Entrada 1 y en la Entrada 2. Avisa al conductor de dónde te bajas.DÓNDE DORMIR
NORMAS QUE CONVIENE SABER
NATURALEZA
Flora — más de 1.400 plantas, más de 60 orquídeas y tres carnívoras (drosera, grasilla y utricularia). El bosque virgen de Čorkova uvala, de 84 hectáreas, guarda un abeto de más de 500 años y 58 metros de alto.CURIOSIDADES
En 1962 se rodó aquí El tesoro del lago de plata, la primera película de Winnetou, y el lago Kaluđerovac hizo de lago del Oeste americano.
Las barreras de travertino crecen unos 13,5 mm al año, así que Plitvice cambia de forma, despacio, todo el tiempo.
Bajo el lago Kozjak, a seis metros de profundidad, hay una barrera sumergida de 36 metros que lo dividía en dos lagos hasta hace unos 400 años. Desde el barco eléctrico se ve en días de sol.
Las cascadas de Milka Trnina, en los lagos inferiores, llevan el nombre de la soprano que pagó en 1898 los primeros puentes y miradores con su concierto de despedida.
En la península entre el Kozjak y el lago Gradinsko están las ruinas de Krčingrad, un castillo del siglo XIII con una torre triangular.CERCA DE PLITVICE
EL VIAJE, ENTRADA A ENTRADA
TU VIAJE — CROACIA EN COCHE
La ruta completa, de Bérgamo a Hvar, con Venecia, Eslovenia y Verona.
1 · VENECIA
Un día entero en Venecia, entre canales y regatas de góndolas.
2 · CUEVAS DE ŠKOCJAN
El cañón subterráneo del río Reka, en dos visitas.
3 · LAGOS DE PLITVICE Estás aquí
Lo único poco profundo. Los lagos, la Reina Negra y una charla sobre Yugoslavia.
4 · ZADAR Y STARIGRAD
El que no cruza en barca. San Donato, el campanario y el órgano del mar.
5 · KRKA
Agarrado a la cuerda. El barco de Skradin, Skradinski buk y la central de Jaruga.
6 · SPLIT Y HVAR
La casa de un jubilado. El palacio de Diocleciano, el lazareto y el ferry a Hvar.
7 · CASTILLO DE PREDJAMA
El castillo metido en la boca de una cueva.
8 · LIUBLIANA
La capital eslovena, en dos visitas.
9 · VERONA
La última parada antes de devolver el coche en Bérgamo.
Datos revisados en octubre de 2026 en la web oficial del parque.
Enrique II de Inglaterra murió en la fortaleza de Chinon en julio de 1189, y desde allí se llevaron su cuerpo a Fontevraud para enterrarlo. Hoy hago más o menos el mismo camino. En bicicleta y, de momento, vivo.
Me duele el culo. Llevo tres días buscando una manera más literaria de decirlo y no la encuentro. También me pesan las rodillas, y desde ayer se me duermen los dedos de la mano izquierda cuando paso mucho tiempo agarrado al manillar. Nada grave. Lo justo para no olvidar en ningún momento que tengo cuerpo.
Es la penúltima etapa. La parte de mí que duele lo celebra, y tiene sus motivos. El resto prefiere no contar lo que queda.
Cargo las alforjas, compruebo la presión de las ruedas y me pongo en marcha. Por la calle solo se ven repartidores. Paso por debajo de la fortaleza donde murió el rey sin levantar la cabeza. Ayer ya subí hasta allí, y hoy tengo las piernas comprometidas con otras cuestas.
Salgo de Chinon siguiendo el Vienne. A un lado, el agua. Al otro, las viñas de las que sale el Chinon que me tomé anoche con la cena. Me duró diez minutos. Esta mañana veo la ladera entera plantada de cepas, cuesta arriba, y me parece que no le presté la atención que merecía.
En Candes-Saint-Martin el Vienne entra en el Loira y pierde el nombre. Durante unos metros todavía se distinguen las dos aguas, una algo más oscura que la otra. Luego la corriente las mezcla y ya no hay forma de saber cuál era cuál.
Yo llego detrás. Traigo ensayada desde anoche la cara de no haber roto un plato. El Loira pasa por delante sin mirarme. Es un río.
Pienso en mis fotos. Acabarán como el Vienne, metidas en ese río enorme de imágenes del Loira donde ya nadie distingue quién hizo cuál. Me pregunto para qué las hago, y me incomoda que la pregunta aparezca tan temprano, con casi toda la etapa por delante.
Candes sube desde el río en calles cortas y empinadas. Las casas, con sus tejados de pizarra, son blancas, pero no del blanco que yo conozco. Aquí nadie encala. Es la propia piedra, la toba, que ya sale así de la cantera. Subo con la bici de la mano. Montado no llegaría, y empujando tampoco voy sobrado.
Arriba está la colegiata, levantada donde murió san Martín en el año 397. Los de Tours y los de Poitiers se disputaron el cuerpo, y los de Tours lo resolvieron por la vía rápida. Esperaron a que los otros se durmieran, lo sacaron por una ventana y remontaron el Loira en barca hasta su ciudad. Dice la leyenda que a su paso florecieron los árboles de las orillas, en pleno noviembre, y hay quien sostiene que de ahí viene lo del veranillo de San Martín.
Yo solo me llevo fotos. Al lado de aquello, lo mío es de aficionado.
Dentro de la colegiata hace fresco. Me siento en un banco y tardo en levantarme.
Desde el mirador, la confluencia se entiende de un vistazo. Parece un dibujo de libro de texto. El Vienne llega por un lado, se mete en el Loira y el pueblo se queda en la esquina, con los campos detrás. Hago fotos. Al cabo de unas cuantas descubro que estoy repitiendo la misma con distinto zoom, y guardo la cámara.
Me desvío hacia Fontevraud, unos kilómetros tierra adentro. El camino se aleja del río entre campos, y durante un buen tramo no me cruzo con nadie. Es la primera vez en lo que va de día que el silencio me pesa.
La abadía se recorre como un barrio. Tiene claustros, patios, jardines y unas cocinas románicas con el tejado lleno de chimeneas. Durante siglos esto fue una ciudad monástica, con sitio para rezar, para trabajar y para todo lo que queda en medio, que es casi toda la vida. Tuvo una importancia enorme y estuvo muy ligada a los Plantagenet, que la eligieron para enterrarse.
Después llegó la Revolución, echó a monjas y monjes, y en 1804 Napoleón convirtió la abadía en cárcel. Lo siguió siendo hasta 1963. Hubo gente que pasó media vida entre estos muros. Primero por Dios. Después, por orden de un juez.
En la iglesia están los yacentes de los Plantagenet, uno junto a otro. Enrique II, Leonor de Aquitania, Ricardo Corazón de León e Isabel de Angulema. Enrique tuvo a Leonor encerrada quince años. Ricardo se alió con el rey de Francia contra su padre, y Enrique murió en Chinon dos días después de rendirse. Ahora descansan a un metro unos de otros, sin rencor aparente.
Leonor sostiene un libro entre las manos.
—¿Qué lee? —le pregunta en francés una niña a su madre.
La madre se inclina sobre la piedra, como si de cerca pudiera distinguirse alguna letra.
—La Biblia, seguramente. —¿Entera?
La madre no contesta.
Yo anoche no leí ni una línea. Me quedé dormido con el mapa abierto encima de la colcha.
Le hago una foto a Leonor. Me tiemblan las manos de tantas horas de manillar y sale movida. Ella lleva ocho siglos quieta. En la foto, el único que se ha movido soy yo.
Recojo la bici y vuelvo hacia el río. Paso otra vez por Candes y sigo hasta Montsoreau, que está al lado. El castillo aparece al borde del agua, con los cimientos casi dentro del Loira. Hoy, sin embargo, me interesa más el pueblo.
Ato la bici a una farola y echo a andar por la Rue de Commerce. Los primeros minutos me vuelvo a mirarla cada dos por tres. Después me olvido de ella.
Las casas de la calle son de toba, con puertas viejas, flores en las ventanas y alguna tienda pequeña. Voy parando sin un plan claro, delante de una fachada, de una ventana abierta, de una bicicleta que no es la mía apoyada en una pared. En la terraza de un bar, sin nadie alrededor, hay dos vasos a medio beber sobre una mesa.
Uno de los vasos está demasiado cerca del borde y me estropea el encuadre. Miro a un lado y a otro. No viene nadie. Lo muevo un palmo hacia el centro y disparo. Me sale la mejor foto de la mañana, y la consigo haciendo trampa.
Me alejo pensando en quien vuelva a por esos vasos. Encontrará uno donde no lo dejó y nunca sabrá por qué. No es gran cosa, un vaso. Pero no era mío.
En otros pueblos del Loira estas casas serían un museo. Aquí tienen la ropa tendida, y lo prefiero a cualquier restauración de catálogo.
El castillo, que es del siglo XV, funciona hoy también como museo de arte contemporáneo y guarda la mayor colección del movimiento Art & Language. Muchas de sus obras están hechas de palabras, textos enmarcados y colgados en la pared igual que si fueran cuadros. Recorro las salas con la cámara en la mano, sin saber muy bien qué hacer con ella. Una frase no se deja fotografiar. Se deja leer, y ya está.
Desato la bici. Para llegar a Saumur se puede seguir la orilla o subir por los coteaux, las laderas que van por encima del río entre viñas, casas trogloditas y carreteras estrechas. Por arriba son unos doce kilómetros. Las piernas prefieren la orilla. La cámara, las laderas. Gana la cámara, como siempre, y pagan las piernas.
La primera cuesta de verdad tiene su señal. Ocho por ciento. Escrito parece poca cosa. A mitad de subida me adelanta una señora de pelo blanco en bicicleta eléctrica y me da los buenos días en francés, con la respiración intacta. Le contesto con un ruido que no llega a palabra. Cien metros más arriba me bajo y empujo. No es la primera vez en este viaje.
La ladera está llena de puertas, ventanas y entradas de bodega abiertas en la toba. Algunas puertas tienen buzón. Hay gente viviendo dentro de la montaña, y el cartero lo sabe. Todo esto fueron canteras. De aquí se sacó piedra para levantar casas y castillos, y las galerías que quedaron se aprovecharon después como viviendas, bodegas o champiñoneras.
Entro en una champiñonera. Dentro hace unos trece grados y el sudor de la cuesta se me enfría de golpe en la espalda. Las galerías se adentran en la roca mucho más de lo que parece desde fuera. A los lados, en bandejas y sacos, crecen champiñones de París, pleurotos y shiitakes, a oscuras, sin enterarse de qué hora es.
Un hombre con botas de agua me explica cómo funciona el cultivo. Cuando ya me voy, me pregunta si sé por qué se llaman champiñones de París.
—Porque vienen de allí, supongo. —Venían —me corrige—. Se cultivaban en las canteras de debajo de París. Cuando empezaron a construir el metro, los echaron. Muchos acabaron aquí.
Lo cuenta con orgullo. Le doy las gracias y salgo otra vez al calor.
El castillo de Saumur asoma primero entre los tejados y después entero, arriba, sobre la ciudad. Lo reconozco sin haberlo visto nunca. Sale en Les Très Riches Heures du Duc de Berry, en la página de septiembre, con la vendimia en primer plano y el castillo al fondo. Seiscientos años después la silueta apenas ha cambiado, y en los alrededores todavía hay viñas.
Me gustaría pensar que el miniaturista también hizo alguna trampa. Que subió un poco una torre o aclaró una fachada para que la página quedara mejor. Me sentiría acompañado. Aunque la hiciera, lo del vaso seguiría siendo cosa mía.
Dejo la bicicleta en el hotel, en el cuarto donde guardan las de los clientes. En esta ciudad deberían llamarlo cuadra. Luego salgo a caminar.
Saumur está llena de caballos. Aparecen en las estatuas, en los escaparates, en los carteles, en las tazas de las tiendas de recuerdos. En media hora de paseo cuento más de diez y ninguno respira. Todos remiten al Cadre Noir, la escuela que ha hecho famosa a la ciudad y la cara más conocida de la equitación de tradición francesa, que la UNESCO inscribió en 2011 en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. La escuela está fuera del centro, en Saint-Hilaire-Saint-Florent. No voy. Para ir tendría que volver a subirme a la bicicleta, y eso hoy no va a pasar.
Al caer la tarde cruzo a la isla de Offard. Desde allí el castillo gana mucho. La colina, la piedra, las torres y los tejados quedan ordenados sobre el Loira, y la última luz le da a la fachada un color que unas horas antes no tenía.
En la orilla, un chaval intenta que un perro se meta en el agua. El perro no quiere. Por la cara de los dos, llevan así desde antes de que yo llegara.
Hago la foto que hace todo el mundo desde aquí. La miro en la pantalla y no le encuentro ningún defecto. Eso me fastidia, y no debería.
Ceno cerca del centro. Pido pescado y una copa de Saumur Brut. El pescado viene con una salsa de mantequilla. Yo soy de aceite, pero no dejo ni rastro. El Brut se hace en bodegas excavadas en la misma toba que la champiñonera. Me parece un buen uso de la oscuridad. Los tintos de la zona salen de las laderas que he subido empujando la bici.
La conversación más larga del día, pienso mientras ceno, la he tenido con un hombre que cultiva champiñones.
Saco el móvil para apuntar cuatro cosas del día. Escribo dos. Al poco caigo en que llevo un buen rato mirando cómo suben las burbujas de la copa.
De vuelta al hotel fotografío una puerta cualquiera, verde, sin nada que la distinga de las demás. Conozco el síntoma. Aparece siempre al final de los viajes, cuando cualquier cosa empieza a parecer que la veo por última vez.
El Londres está en la Rue d'Orléans, a pocos minutos del centro, y tiene el distintivo Accueil Vélo. Después de varios días en bicicleta eso significa algo muy concreto. Un sitio a cubierto para la bici y nadie en recepción que te mire raro cuando entras con el casco en la mano y las alforjas al hombro.
Mañana, Angers. La última etapa.
Antes de apagar la luz repaso las fotos del día. Están bien encuadradas, limpias, tranquilas. Parecen de un viaje sin esfuerzo, y este no lo ha sido. En ninguna se nota el ocho por ciento, ni el sillín, ni la señora de la bicicleta eléctrica. Solo en la de Leonor, movida por culpa de mis manos, se ve que estaba cansado.
Técnicamente no sirve para nada. No la borro.
En el mapa tienes las paradas de este cuarto día. Sale de Chinon junto al Vienne hasta Candes-Saint-Martin, se desvía a Fontevraud, vuelve al Loira en Montsoreau y sube por los coteaux hasta Saumur.
Los números marcan el orden de paso. Por debajo asoman las rutas ciclistas señalizadas de la zona.
Debajo tienes los enlaces oficiales, el álbum fotográfico completo y la información práctica para tu recorrido.
Información oficial, consejos y recomendaciones para la ruta. Accede al álbum compartido en Google Photos para explorar todas las capturas de esta etapa a máxima resolución. Chinon → Candes-Saint-Martin (junto al Vienne) → Fontevraud-l'Abbaye (desvío de ida y vuelta) → Candes-Saint-Martin → Montsoreau → Saumur (por los coteaux). Total — unos 45 km. Chinon queda fuera del trazado principal de la Loire à Vélo, que va por el Véron, entre el Loira y el Vienne. Desde Candes o desde Montsoreau sale un enlace de 6 km por carreteras pequeñas hasta Fontevraud. De Candes a Saumur la etapa oficial tiene 17 km, y desde Montsoreau hay dos opciones. Por los coteaux, unos 12 km entre viñas y casas trogloditas, con cuestas serias entre Turquant y Parnay y llegada al pie del castillo. O por la orilla, en vías verdes y casi llano, que es lo que la web oficial aconseja a las familias. Forma parte de Les Plus Beaux Villages de France, igual que Montsoreau, que está pegado. Lo mejor es subir a pie por el casco antiguo hasta el mirador sobre la confluencia del Vienne y el Loira. La colegiata de Saint-Martin, levantada donde murió el santo, es su gran monumento. Desde Montsoreau salen paseos de hora y media en barcas tradicionales del Loira. Entrada 13 €. Reducida 7,50 € (estudiantes y demandantes de empleo). Gratis para menores de 18. Abre todo el año salvo el 25 de diciembre y el 1 de enero, con horario según la temporada. Hay que calcular unas 2 horas. Tiene aparcamiento para bicis. Web — fontevraud.fr Adultos 12 €, de 5 a 18 años 8 €, gratis para menores de 5. Abre todos los días. En otoño, de 12 a 18 h. Guarda la mayor colección del mundo del movimiento Art & Language. Web — chateau-montsoreau.com Adultos 8,50 €, niños 6,50 €. En 2026 abre del 7 de febrero al 11 de noviembre, todos los días de 10 a 18 h. Dentro se está a unos 13 ºC, así que conviene llevar algo de abrigo aunque fuera haga calor. Web — troglo-sautauxloups.com Entrada 9,50 €. En 2026 abre del 7 de febrero al 31 de diciembre. En julio y agosto, todos los días de 10 a 19 h. De abril a junio y en septiembre, de martes a domingo de 10 a 18 h. El resto de la temporada, de martes a domingo de 10 a 13 h y de 14 a 17.30 h. Aparece en la página de septiembre de Les Très Riches Heures du Duc de Berry. La mejor vista es desde la isla de Offard, al otro lado del Loira, a última hora de la tarde. Web — chateau-saumur.fr La escuela está en Saint-Hilaire-Saint-Florent, a las afueras de Saumur. La visita guiada clásica cuesta 9 € (7 € para menores de 12). Las «Matinales», una hora viendo cómo se trabaja con los caballos jóvenes, 22-23 € según la temporada. En 2026 hay visitas del 12 de febrero al 2 de noviembre. Web — cadrenoir.fr Por aquí aparecen dos nombres todo el rato. El Saumur-Champigny, tinto de cabernet franc de los coteaux de alrededor de Saumur. Y el Saumur Brut, espumoso de método tradicional que se cría en bodegas excavadas en la toba. Varias casas históricas de espumosos tienen sus cuevas abiertas a visitas en Saint-Hilaire-Saint-Florent. Web — ot-saumur.fr Hôtel Le Londres — 48 rue d'Orléans, 49400 Saumur. Teléfono 02 41 51 23 98. Web — lelondres.com. En el centro, con el distintivo Accueil Vélo y garaje para las bicis con un pequeño taller de reparación. Datos revisados en octubre de 2026. Código ético — Ninguno de los establecimientos mencionados ha pagado por aparecer en este espacio.
La ventana de la habitación da al Vienne. A primera hora el río está gris y quieto. En el muelle, un hombre seca con un trapo los bancos de una de las barcas turísticas, uno por uno, aunque nadie va a subir hasta dentro de un par de horas. Me quedo mirándolo un rato largo, y sospecho que lo hago para retrasar el momento de volver a sentarme en el sillín.
POR EL VIENNE
UN SANTO POR LA VENTANA
LOS YACENTES DE FONTEVRAUD
UN VASO EN MONTSOREAU
POR LOS COTEAUX
SAUMUR
EL MAPA DE LA RUTA
GUÍA PRÁCTICA Y ENLACES — DÍA 4
LA LOIRE À VÉLO
Web oficial de la ruta, con los tramos, las variantes y los alojamientos Accueil Vélo.
ABBAYE ROYALE DE FONTEVRAUD
Horarios, entradas y exposiciones de la abadía de los Plantagenet.
CHÂTEAU DE MONTSOREAU
Museo de arte contemporáneo en el castillo a orillas del Loira.
CHÂTEAU DE SAUMUR
Horarios y entradas del castillo que sale en Les Très Riches Heures.
CADRE NOIR DE SAUMUR
Visitas guiadas y presentaciones de la escuela de equitación.
EL BOTÍN FOTOGRÁFICO COMPLETO
LA RUTA DEL DÍA
CANDES-SAINT-MARTIN
ABBAYE ROYALE DE FONTEVRAUD
CHÂTEAU DE MONTSOREAU – MUSÉE D'ART CONTEMPORAIN
CHAMPIGNONNIÈRE DU SAUT-AUX-LOUPS (MONTSOREAU)
CHÂTEAU DE SAUMUR
CADRE NOIR
VINOS
DÓNDE DORMIR EN SAUMUR
LAS CINCO ETAPAS DEL LOIRA EN BICI
DÍA 1
De Blois a Amboise
DÍA 2
De Amboise a Villandry
DÍA 3
De Villandry a Chinon
DÍA 4
De Chinon a Saumur · Estás aquí
DÍA 5
De Saumur a Angers
Siete días de abril, un coche de alquiler y una isla que se cruza de punta a punta en poco más de una hora. Con eso me bastó para salir cada mañana desde Puerto del Carmen hacia un paisaje distinto, unas veces el que señalaban todas las guías y otras el que aparecía sin avisar en una curva de la carretera. Volví sin tener claro si en Lanzarote fui viajero o turista, seguramente las dos cosas, y con la cámara llena de rojos, negros y azules que no siempre se parecen a lo que vieron mis ojos. Aquí tienes lo que necesitas para preparar tu viaje y las seis entradas en las que fui contando el mío.
El primer día da para poco más que deshacer la maleta y salir a buscar el mar. Puerto del Carmen vive del turismo y no lo esconde, pero entre Playa Chica y el puerto viejo apareció la primera roca volcánica, y con ella las ganas de ver todo lo demás. Timanfaya se recorre en guagua, con la cámara pegada a la ventanilla, y en el Islote de Hilario la tierra quema de verdad. Por la tarde, La Geria y su malvasía, viñas que crecen en hoyos de ceniza al abrigo de muros de piedra. Un mismo volcán, La Corona, y dos maneras de enseñarlo. La Cueva de los Verdes, casi como la dejó la lava, y los Jameos del Agua, convertidos por César Manrique en otra cosa. Para terminar, un baño en Punta Mujeres y un paseo por Haría y Teguise. El día que no cogí el ferry a La Graciosa ni pagué la entrada del Mirador del Río y me declaré viajero antisistema. A cambio, las aguas mansas del Caletón Blanco, los acantilados frente a La Graciosa y las dunas que se meten en las calles de Famara. Lo esperado y lo que no venía en el plan, en la misma mañana. El Lago Verde de El Golfo, Los Hervideros rugiendo entre la lava, las salinas de Janubio y Papagayo, tan bonita como en las fotos ajenas, aunque al final me quedé en una de las calas de antes, con más viento y menos sombrillas. Tres volcanes a muy poca distancia, uno de ellos por dentro, y los pasillos de Las Grietas. Para cerrar, Arrecife, donde el rojo y el negro del malpaís dejan paso al azul del mar y al blanco de las casas. En el mapa tienes todos los sitios de las seis entradas. Cada punto lleva el número de su entrada, y al pulsarlo puedes ir directamente a ella. Debajo tienes los enlaces oficiales, el álbum fotográfico completo y la guía práctica para preparar tu viaje. Información oficial, consejos y recomendaciones para tu viaje. Accede al álbum compartido en Google Photos para ver todas las capturas del viaje a Lanzarote a máxima resolución. Cómo llegar — El aeropuerto César Manrique-Lanzarote está a 5 km de Arrecife y a unos 8 de Puerto del Carmen, con vuelos directos desde muchas ciudades de la península y de Europa. En barco hay un ferry a la semana desde Cádiz, con más de un día de travesía. Desde Fuerteventura, los barcos rápidos entre Corralejo y Playa Blanca tardan entre 25 y 35 minutos y salen muchas veces al día. Cuándo ir — Cualquier época vale. La temperatura media del año ronda los 21 °C. En abril anda por los 20 °C y el mar por los 18 °C, y en agosto pasa de los 25 °C. Llueve poco y el viento sopla casi siempre, sobre todo en verano. Algunos días llega la calima, el polvo del Sáhara que vuelve el cielo color arena. Cuántos días — Con siete días se ve lo esencial sin prisas. Como la isla se cruza en algo más de una hora, se puede dormir siempre en el mismo sitio y salir cada día hacia una zona distinta. Una isla protegida — Lanzarote es Reserva de la Biosfera desde 1993 y, junto con el archipiélago Chinijo, Geoparque Mundial de la UNESCO desde 2015. Coche — Es casi imprescindible. Las compañías de alquiler están en el propio aeropuerto y en temporada alta conviene reservar con tiempo. Las carreteras están bien, aunque algunas, como la que cruza La Geria, son estrechas y no tienen arcén. Guaguas — Intercity Bus Lanzarote une el aeropuerto, Arrecife y las zonas turísticas, y la 161 va del aeropuerto a Puerto del Carmen y Playa Blanca. Casi ningún volcán ni mirador tiene parada cerca. El billete se paga al subir, mejor con monedas o billetes pequeños. Puerto del Carmen — Fue mi base. Está a diez minutos del aeropuerto, en el centro de la costa sur, con playas y restaurantes. Playa Blanca — En el extremo sur, cerca de Papagayo y del ferry a Fuerteventura. Costa Teguise — En la costa este, más tranquila y con más viento. Arrecife — La capital, con vida propia más allá del turismo. El interior y el norte — Haría, Teguise o La Geria, con casas rurales lejos de la costa. Apartamento RED — Puerto del Carmen. En un recinto cerrado con piscina, tranquilo, con cesta de bienvenida y una lista de restaurantes que no falló ni una vez. No tiene web propia, pero aparece en las plataformas de alquiler vacacional. El Cabildo gestiona siete centros turísticos, casi todos obra o idea de César Manrique. Ya no hay bonos para varios centros, así que cada entrada se compra por separado, y las de Montañas del Fuego y Cueva de los Verdes solo se venden por internet, con día y hora. Los menores de 7 años entran gratis. Fuera de esa red está la Fundación César Manrique, en la casa que el artista levantó sobre burbujas de lava en Taro de Tahíche. La entrada cuesta 10 €, o 17 € combinada con su casa-museo de Haría. La Graciosa, a 25 minutos en barco desde Órzola. La Fundación César Manrique, en Taro de Tahíche. El Jardín de Cactus, en Guatiza, la última gran obra de Manrique en la isla. En la mesa — Papas arrugadas con mojo verde y rojo, queso de cabra de la isla, a menudo a la plancha, pescado del día como la vieja, el cherne o la sama, sancocho, gofio y, de postre, bienmesabe. En la copa — La malvasía volcánica de La Geria, seca y mineral, y los tintos de listán negro. Dónde comer — La Taberna de Nino y Mardeleva, en Puerto del Carmen, y el bar La Piscina «Pichón», en Punta Mujeres. Sus datos están en las entradas de la llegada y de los Jameos. Espacios protegidos — Casi todo lo que se visita en la isla está protegido. No hay que salir de los senderos ni llevarse piedras, picón o arena. Las multas van de 150 a 3.000 €, y la mayor parte de lo que se intenta sacar acaba requisado en el aeropuerto. Sol y viento — El viento refresca y engaña, y el sol pega fuerte todo el año. Agua, gorra y crema, y calzado cerrado para el malpaís y el picón, que resbala. Con antelación — Las entradas de Montañas del Fuego y Cueva de los Verdes. Y antes de ir al volcán del Cuervo, mirar si hay restricciones de acceso. Datos revisados en octubre de 2026. Código ético — Ninguno de los establecimientos mencionados ha pagado por aparecer en este espacio.
SIETE DÍAS, SEIS ENTRADAS
1 · LA LLEGADA
2 · LAS MONTAÑAS DE FUEGO
3 · SENDEROS DE LAVA
4 · EL NORTE
5 · EL SUR
6 · LA MONTAÑA Y LA CIUDAD
EL MAPA DE LA ISLA
GUÍA PRÁCTICA — LANZAROTE
TURISMO LANZAROTE
Web oficial de turismo de la isla, con municipios, playas y espacios naturales.
CENTROS TURÍSTICOS DE LANZAROTE
Horarios y venta de entradas de los siete centros del Cabildo.
AEROPUERTO CÉSAR MANRIQUE-LANZAROTE
Vuelos, terminales y transporte desde el aeropuerto.
INTERCITY BUS LANZAROTE
Líneas y horarios de las guaguas de la isla.
FUNDACIÓN CÉSAR MANRIQUE
La casa del artista en Taro de Tahíche y la casa-museo de Haría.
EL BOTÍN FOTOGRÁFICO COMPLETO
ANTES DE IR
MOVERSE
DÓNDE DORMIR
LOS CENTROS DE CÉSAR MANRIQUE
COSAS QUE DEBES HACER
SI TIENES UN DÍA MÁS
QUÉ COMER Y BEBER
CONSEJOS
LANZAROTE, ENTRADA A ENTRADA
TU VIAJE A LANZAROTE
Guía práctica de la isla y el recorrido completo · Estás aquí
1 · LA LLEGADA
Puerto del Carmen y Playa Chica
2 · LAS MONTAÑAS DE FUEGO
Timanfaya y los viñedos de La Geria
3 · SENDEROS DE LAVA
Cueva de los Verdes, Jameos del Agua, Haría y Teguise
4 · EL NORTE
Caletón Blanco, Mirador del Río y las dunas de Famara
5 · EL SUR
Lago Verde, Los Hervideros, Janubio y Papagayo
6 · LA MONTAÑA Y LA CIUDAD
Del malpaís de Tinajo a Arrecife
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