En Balat, una casa pintada de rosa chillón, fachada perfecta para una foto, y ni un alma detrás de las ventanas. El guía dice que ya casi nadie vive en las que se ven bonitas.
Domingo, último día en Estambul antes de otro vuelo hacia otra parte, después de un viernes de llegada y un sábado cruzando a Asia. Quedaban Fener, Balat, Eyüp y una tarde en el Bósforo que iba a resultar la más intensa de las tres.
Crucé el Cuerno de Oro en tranvía hasta Fener, donde me esperaba el guía para las tres horas de visita por Fener y Balat, los dos barrios seguidos, uno cosido al otro sin que se note bien dónde termina uno y empieza el siguiente. Reconocí al guía en cuanto lo vi. Era el mismo que me había enseñado la parte antigua de la ciudad en un free tour por Sultanahmet, año y medio antes, en diciembre, bajo una lluvia que entonces me pareció digna de Londres en su peor día. Aquella vez terminé la visita empapado y con los dedos agarrotados de frío. Esta vez el sol pegaba fuerte y tuve que quitarme la chaqueta a los diez minutos. Cambia todo, y cambia mucho, empezando por el cielo. Se llamaba Burak, o algo muy parecido, y no recordaba mi cara, claro, pero fingió que sí, y lo agradecí.
Fener fue el barrio griego ortodoxo desde la caída de Constantinopla, y todavía hoy tiene aquí su sede el Patriarcado Ecuménico, la máxima autoridad de la Iglesia ortodoxa. Tuve la suerte, o la simple casualidad de la hora, de asomarme a la catedral de San Jorge justo cuando se celebraba la liturgia dominical, con el propio patriarca Bartolomé oficiando, visible en persona entre el incienso y los cantos, algo que no esperaba encontrarme en una mañana cualquiera de visita turística. Cerca de allí sigue en pie el colegio griego ortodoxo, un edificio enorme de ladrillo rojo que corta el paisaje desde lo alto de la cuesta, y que hoy tiene poco más de medio centenar de alumnos, casi todo lo que queda de la comunidad griega de Estambul.
Balat, pegado a Fener, fue el barrio judío, poblado sobre todo por sefardíes llegados tras la expulsión española. Las dos comunidades se fueron vaciando durante el siglo veinte, muchos griegos después de los disturbios de 1955, muchos judíos rumbo a Israel en las décadas siguientes, y lo que queda son las casas, pintadas ahora de colores intensos para las fotos, con las sinagogas y las iglesias todavía en pie pero casi sin nadie dentro entre semana. Lo que empezó siendo un vaciamiento por emigración se ha convertido en las últimas décadas en un vaciamiento por Airbnb, que en Balat ha pasado de un puñado de anuncios hace poco más de diez años a varios centenares hoy, la mayoría gestionados por propietarios con varios pisos a la vez y no por vecinos que alquilan una habitación de más. Es un barrio que parece decorado para recordar algo que ya no está, y pasear por ahí haciendo fotos de una ausencia deja un poso incómodo que no se va enseguida.
La mezquita de Eyüp guarda la tumba de Eyüp al Ansari, compañero del profeta Mahoma, muerto durante el asedio árabe de Constantinopla en el siglo séptimo. Es uno de los lugares más sagrados del islam, y durante siglos los sultanes otomanos se ceñían aquí la espada de Osman al subir al trono. El ambiente cambia en cuanto entras, menos cámaras, más gente rezando de verdad. Guardé la mía en la mochila nada más cruzar la puerta, no me pareció el sitio para sacarla.
Detrás de la mezquita sube la colina de Pierre Loti, entre un cementerio otomano de siglos. Se puede subir andando o en teleférico, y elegí el teleférico, que en un par de minutos te deja arriba con toda la ciudad desplegada al fondo, el Cuerno de Oro estrecho y brillante, las cúpulas apiladas unas detrás de otras hasta donde alcanza la vista. Pierre Loti era el seudónimo de un oficial de la marina francesa que se enamoró de Estambul en el siglo diecinueve, y también, según cuentan, de una mujer otomana casada, lo cual explica en parte por qué le gustaba tanto subir aquí a mirar la ciudad y no bajar. Me tomé un té turco en la terraza, con las mismas vistas que él ya elogió hace más de cien años, aunque el paisaje que veía entonces ya no exista del todo.
Para cuando llegué al muelle de Kabataş ya llevaba tres días enteros moviéndome, cambiando de transporte, subiendo cuestas, bajando escaleras, y las piernas me pesaban de una forma que no tenía nada de metafórico. Me dolían los pies, tenía hambre otra vez y ninguna gana concreta de subir a un barco durante dos horas. Llegué con el tiempo justo, el equipo esperando con un cartel frente a la cafetería Beltur, y subí deprisa, sin margen para nada más.
El barco salió pasadas las seis y puso rumbo norte, hacia el mar Negro, pegado a la orilla europea, dejando atrás Dolmabahçe, Ortaköy con su mezquita minúscula clavada en el agua y Bebek, hasta girar a la altura del segundo puente. Ahí empezó el regreso, ya por la orilla asiática, la de los palacetes, casas de madera enormes con jardines que bajan directamente hasta el agua, y fue en ese tramo de vuelta, con Estambul entera cambiando de lado del barco, cuando entendí que aquello iba a ser distinto de lo que había visto en tres días desde tierra.
El último tramo pasa junto a la Torre de la Doncella, Kız Kulesi, una torre pequeña plantada ella sola en mitad del canal, con su propia leyenda de amores imposibles y serpientes escondidas en cestas de fruta. Desde ahí el barco ya enfila hacia el puerto, y ese fue el momento. El sol se ponía detrás de la ciudad vieja, un naranja que en las fotos siempre sale exagerado y en directo se queda corto, y contra ese naranja las mezquitas y los palacios se recortaban en negro absoluto, perfiles afilados sin un solo detalle, como si alguien hubiera recortado la silueta de la ciudad con tijeras. Saqué la cámara, hice una foto, la miré en la pantalla y la volví a guardar. No se parecía a nada de lo que estaba viendo, así que dejé de intentarlo y me limité a mirar.
Se me saltaron las lágrimas, sin ningún motivo que pudiera explicar en ese momento ni que pueda explicar del todo ahora. Llevaba año y pico diciéndome que ya conocía esta ciudad, que la primera vez me la había guardado entera y que esta vuelta era solo para rellenar huecos. Sentado en la cubierta, con el viento salado y esa luz imposible a los dos lados del barco, tuve que admitir que no era verdad. Hay muy pocos sitios en el mundo donde uno siente que está pisando algo verdaderamente antiguo, capital que fue de tantos imperios que se pierde la cuenta, cuna de civilizaciones que ya no existen y de otras que siguen aquí disfrazadas de ciudad moderna, y Estambul es de los pocos que conozco donde esa sensación te atraviesa sin avisar, aunque sea la segunda vez que vienes y aunque llegues con los pies destrozados. No sé explicar muy bien qué fue exactamente lo que sentí. La ciudad, supongo, aunque también el cansancio acumulado de tres días haciendo cosas sin parar. Solo sé que me costó hablar durante un rato, y que nadie me preguntó por qué.
Desembarqué en Kabataş poco después de las ocho. Tranvía T1 hasta Karaköy, y una última cena en Karaköy Lokantası, con parada previa en Karaköy Güllüoğlu a comprar baklava para el camino, porque aquella noche tampoco era la última del viaje, solo la última en Estambul. Al día siguiente salía otro vuelo, hacia el sitio del que sigo sin hablar, y en algún momento de las horas siguientes, aunque entonces no lo supiera todavía, algo de lo que había comido en los últimos tres días me iba a pasar factura. Tardó dos días en manifestarse, ya lejos de la ciudad, y cuando llegó fue de la manera menos digna posible, pero eso pertenece a otro capítulo de este viaje, uno que todavía no toca contar.
De Estambul me quedo con la luz naranja detrás de las mezquitas, con las piernas destrozadas y con la sensación de haber llorado por una ciudad sin saber muy bien por qué. Si habrá una tercera vez no lo decidí esa noche, ni falta que hacía decidirlo, aunque a este paso, mientras siga sin haber vuelos directos hasta donde de verdad voy, puede que la decisión ya esté tomada de antemano.
El mapa recoge la parte que se puede caminar, Fener, Balat y Eyüp. El crucero por el Bósforo no entra, ninguna ruta de coche o a pie reconstruye bien lo que es un barco subiendo por una orilla y bajando por la otra. Debajo tienes el álbum fotográfico completo, los enlaces útiles y la información práctica de este último día. Información oficial, consejos y recomendaciones para el domingo Accede al álbum compartido en Google Photos para explorar todas las capturas de estos dos primeros días a máxima resolución. Domingo — Visita guiada de tres horas por Fener y Balat, la mezquita de Eyüp y la colina de Pierre Loti en teleférico, crucero de atardecer por el Bósforo desde Kabataş y cena de despedida en Karaköy. Merece la pena hacerlo con guía, el barrio da mucho más si alguien va contando lo que ya no se ve a simple vista. Si coincide en domingo por la mañana, puede haber liturgia en la catedral de San Jorge, conviene mantener silencio y no usar el flash si se entra a mirar. El teleférico se paga con Istanbulkart, igual que el resto del transporte público. Al entrar en la mezquita de Eyüp, hombros y rodillas cubiertos y descalzarse, es un lugar de peregrinación activo, no un monumento más. Punto de encuentro en la plaza de Kabataş, frente a la cafetería Beltur, cerca del funicular. Mejor reservarlo para el atardecer y comprobar que el barco hace el recorrido completo, subida por la orilla europea y vuelta por la asiática pasando la Torre de la Doncella, y no un tramo corto cualquiera. Karaköy Lokantası, cocina turca de toda la vida en un local con solera, en Karaköy. Karaköy Güllüoğlu, la baklava más famosa de la ciudad, ideal para llevar de vuelta al hotel o de recuerdo. Código ético: Ninguno de los establecimientos mencionados ha pagado por aparecer en este espacio.
Y luego, mucho después, un barco, una torre en mitad del agua, y algo que no esperaba que me pasara a mí, precisamente a mí, la segunda vez.
FENER Y BALAT
EYÜP Y LA COLINA DE PIERRE LOTI
EL CRUCERO
EL MAPA APROXIMADO
GUÍA PRÁCTICA Y ENLACES — PARTE 2
GOLDEN CITY TOURS
La agencia del crucero por el Bósforo, con salida desde Kabataş.
KARAKÖY LOKANTASI
Cocina turca clásica, cena de cierre del viaje en Karaköy.
KARAKÖY GÜLLÜOĞLU
La baklava más conocida de Estambul, desde 1949, a pie de calle en Karaköy.
EL BOTÍN FOTOGRÁFICO COMPLETO
EL DÍA
FENER Y BALAT
EYÜP Y PIERRE LOTI
EL CRUCERO POR EL BÓSFORO
DÓNDE COMER
El aeropuerto me recibe con un peregrino vestido de blanco delante de mí en la cola y un cartel con mi nombre mal escrito al otro lado de la puerta de llegadas. Bienvenida oficial a la escala.
Karaköy fue la base, un hotel a pie del agua con el tranvía y los embarcaderos de ferri a un par de minutos, así que todo el fin de semana salió de ahí y volvió ahí.
El aeropuerto de Estambul es tan grande que cruzarlo entero se convierte en una caminata con propósito propio. Es, dicen, la terminal más grande del mundo bajo un mismo techo, y lo primero que hice al aterrizar fue caminar durante un buen rato sin llegar a ningún sitio reconocible. Aquel ocho de mayo coincidía además con el arranque de la temporada del Hach, así que entre la multitud de siempre se mezclaban peregrinos vestidos de blanco de la cabeza a los pies, algunos todavía con la maleta a cuestas, camino de otra puerta y otro destino sagrado.
La salida fue peor que la llegada. Fuera de la zona de recogida de equipajes hay una especie de embudo humano, gente sujetando carteles con nombres mal escritos, conductores que se ofrecen antes de que hayas decidido nada, colas para traslados que no coinciden con ningún cartel visible. Tardé más en encontrar mi coche que en volar desde España. Para cuando llegué al hotel ya eran casi las siete y media de la tarde, con ese cansancio raro de después de cualquier vuelo, que no es cansancio de verdad ni tampoco descanso, solo ganas de sentarte en algún sitio que no se mueva.
A dos minutos andando del hotel empieza Galataport, el paseo marítimo que hasta hace poco era zona de puerto cerrada, con almacenes y verjas, prohibida para cualquiera que no llevara uniforme. Estuvo así desde finales del siglo diecinueve. Ahora hay restaurantes de diseño, un museo con firma de Renzo Piano y una terminal de cruceros escondida bajo el suelo, con un sistema de compuertas para que no se note que hay barcos enormes atracando justo debajo de donde paseas. Cené frente al agua, con la península histórica iluminada al otro lado, y todo aquello tenía un aire de escenografía perfecta que despierta cierta sospecha. Como si la ciudad se hubiera arreglado para la ocasión y yo llegara tarde a la fiesta de verdad, la de antes, la que ya no existe. Hice un par de fotos y las borré esa misma noche, en el hotel, sin saber muy bien por qué. Ninguna se parecía a lo que había sentido paseando.
El ferri público tarda veinte minutos en cruzar a Üsküdar, y nada más bajar aparece la mezquita de Mihrimah Sultan, pegada al embarcadero. La construyó Sinan a mediados del siglo dieciséis para la hija de Solimán el Magnífico, y cuenta la leyenda que el propio arquitecto estaba enamorado de ella, aunque acabó casada con el gran visir. Sinan levantó otra mezquita gemela en Edirnekapı, al otro lado de la ciudad, con el mismo nombre, de modo que cuando el sol se pone detrás de una, la luna sale detrás de la otra. Mihrimah significa sol y luna en persa. Da igual si la historia es del todo cierta o si alguien la fue mejorando con los siglos. Prefiero no comprobarlo.
Kuzguncuk empezó siendo un barrio judío. Muchos de sus primeros vecinos llegaron huyendo de la expulsión de 1492, la misma que sacó a los judíos de España, y dicen que el sultán mandó barcos a buscarlos. Con el tiempo se sumaron griegos, armenios y musulmanes, y durante generaciones convivieron sin demasiado ruido. Dos sinagogas, dos iglesias ortodoxas, una iglesia armenia, dos mezquitas, todo a menos de quinientos metros. Hasta hace poco nadie cerraba la puerta de casa con llave. Ahora las fachadas de madera están pintadas de colores pastel y hay más cámaras de fotos que vecinos asomados a la calle, aunque procuré no sumar mucho a esa estadística. Fotografié las fachadas, no a la mujer que tendía la ropa desde un balcón ni al niño que jugaba solo en un patio, aunque los dos habrían salido mejor en la foto que cualquier fachada. El barrio conserva, pese a todo, un ritmo de pueblo que Estambul perdió en casi todas partes.
Kadıköy es la parte de Estambul que menos posa para la cámara. El mercado ocupa varias calles enteras, pescado recién bajado de la lonja, montañas de especias, quesos que no había visto en mi vida, y nadie te mira dos veces si no compras nada. Comí en Çiya Sofrası, el restaurante que puso este mercado en el mapa gastronómico mundial, con recetas de Anatolia que no había probado ni sabía que existían, señalando en la vitrina lo que no reconocía, que era casi todo.
Pedir así, sin entender una palabra, deja tiempo para fijarse en el idioma. El turco suena de una manera que no se parece a nada europeo, todo sufijos pegados unos a otros hasta formar palabras larguísimas, sin géneros, con el verbo siempre al final, esperando paciente a que termines la frase para saber qué has dicho. Tiene, dicen los lingüistas, un parentesco lejano y muy disputado con el japonés, la misma estructura de piezas encajadas, el mismo orden de sujeto, objeto y verbo, aunque nadie se pone de acuerdo en si eso significa algo o es pura coincidencia geográfica. Da igual, aprender cuatro palabras de cortesía me llevó tres días enteros y tampoco me sirvió de mucho.
Por la tarde crucé a Moda, la zona más desenfadada del lado asiático, con su paseo marítimo, sus tiendas de discos y su tranvía histórico dando vueltas sin prisa. Estaba abarrotada de turcos, no de turistas, y el ambiente era de esos que no se pueden fotografiar bien por mucho que lo intentes. Gente sentada en las terrazas mirando el mar de Mármara y las islas de los Príncipes al fondo, familias enteras que no parecían ir a ningún sitio en concreto, y yo en medio, contento de no entender del todo lo que pasaba a mi alrededor.
A las ocho y media tenía entrada para el espectáculo del centro cultural Hodjapasha, dentro de un hamam otomano del siglo quince reconvertido en teatro. Iba con la idea de ver a los derviches girando, la ceremonia sema, mística y en silencio, con el público sin aplaudir al final. Pero el horario que tenía no era ese. Hodjapasha programa dos espectáculos distintos, y por un lío con la reserva entré en el otro, uno de danzas folclóricas de varias regiones de Turquía, con descanso incluido y bastante más ruido que misticismo. No estuvo mal, pero tampoco fue lo que había ido a buscar, y eso se nota durante toda la función aunque intentes convencerte de lo contrario. Lo único que se salvó de verdad fue un bailarín que en un momento del programa hizo su propia versión reducida de derviche, con una estética muy suya, muy de Rodrigo Cuevas, y se ganó el aplauso más sincero de la noche.
El resto lo fui olvidando de camino a cenar en Kasap Osman, un asador minúsculo en la misma calle de Hocapaşa, donde llevan haciendo döner desde los años sesenta y donde a nadie pareció importarle que yo viniera de ver el espectáculo equivocado.
Vuelvo al hotel por el mismo tranvía T1. Mañana, Fener, Balat, y una tarde de barco que todavía no sé cómo contar.
El mapa recoge los puntos de este primer tramo, Karaköy, el cruce a Üsküdar, Kuzguncuk, Kadıköy y Moda. La travesía en ferri no se refleja bien en un mapa de carretera, tomadlo como orientación, no como ruta exacta. Debajo tienes el álbum fotográfico completo, los enlaces útiles y la información práctica de estos dos primeros días. Información oficial, consejos y recomendaciones para el viernes y el sábado Accede al álbum compartido en Google Photos para explorar todas las capturas de estos dos primeros días a máxima resolución. Viernes — Llegada al aeropuerto, traslado a Karaköy, paseo y cena en Galataport. Cheers Porthouse, en Karaköy, a un par de minutos del tranvía T1 y de los embarcaderos de ferri. El aeropuerto de Estambul es enorme, calcula tiempo de sobra para cruzarlo. A la salida, la zona de traslados es caótica, mejor reservar transporte con antelación y tener claro el punto de encuentro exacto antes de aterrizar. La ceremonia sema de los derviches y el espectáculo de danzas folclóricas Rhythm of the Dance van en horarios distintos y no son lo mismo. Solo uno de los dos es la ceremonia mística, comprueba el horario de tu entrada antes de reservar. Çiya Sofrası, en el mercado de Kadıköy, cocina de Anatolia poco habitual fuera de Turquía. Kasap Osman, en Hocapaşa, asador pequeño y sin pretensiones, perfecto después del espectáculo. La tarjeta Istanbulkart cubre tranvía, ferri, autobús y teleférico, y sale más barata en trasbordos. Las tarjetas de crédito y débito sin contacto también funcionan en tranvía, metro y autobús, con la excepción del Marmaray, que solo admite Istanbulkart. El ferri Karaköy-Üsküdar tarda unos veinte minutos y sale con frecuencia alta. Para entrar en mezquitas hay que llevar hombros y rodillas cubiertos, las mujeres necesitan cubrirse la cabeza (suelen prestar pañuelos a la entrada de las más visitadas) y hay que descalzarse antes de pisar la alfombra. El agua del grifo no se recomienda para beber, aunque el agua embotellada es barata y está en todas partes. La propina ronda el diez por ciento en restaurantes, no es obligatoria pero se espera si el servicio ha sido bueno. El regateo tiene sentido en el Gran Bazar y en tiendas de souvenirs, no en restaurantes ni comercios con precio marcado. Conviene llevar algo de efectivo en liras turcas para dolmuş, taxis y mercados, aunque cada vez se acepta tarjeta en más sitios. Código ético: Ninguno de los establecimientos mencionados ha pagado por aparecer en este espacio.
Quince horas después ya llevo un ferri cruzado, dos mezquitas vistas y un plato de pescado que no supe pedir bien. Esto va rápido.
LLEGADA Y GALATAPORT
ÜSKÜDAR Y LA MEZQUITA DEL SOL Y LA LUNA
KUZGUNCUK
KADIKÖY Y MODA
LA NOCHE EN HODJAPASHA
EL MAPA APROXIMADO
GUÍA PRÁCTICA Y ENLACES — PARTE 1
HODJAPASHA CULTURE CENTER
Horarios de los dos espectáculos. Mira bien cuál reservas antes de pagar.
ÇIYA SOFRASI
El restaurante que puso el mercado de Kadıköy en el mapa gastronómico.
GALATAPORT
El paseo marítimo y el nuevo puerto de cruceros de Karaköy.
ISTANBULKART
La tarjeta de transporte, dónde comprarla y cómo recargarla.
CHEERS PORTHOUSE
El alojamiento en Karaköy, base de todo el fin de semana.
EL BOTÍN FOTOGRÁFICO COMPLETO
LOS DOS DÍAS
Sábado — Ferri a Üsküdar, paseo por Kuzguncuk, mercado y comida en Kadıköy, tarde en Moda, espectáculo nocturno en Hodjapasha y cena en Sirkeci.ALOJAMIENTO
EL AEROPUERTO Y EL TRASLADO
HODJAPASHA
DÓNDE COMER
TRANSPORTE
CONSEJOS PRÁCTICOS PARA VISITANTES
Hay ciudades que se visitan, y hay ciudades que simplemente ocurren de camino a otra parte, sin haber sido invitadas al plan. Estambul, para mí, siempre ha sido de las segundas.
La primera vez que estuve en Estambul hice lo que hace todo el mundo la primera vez. Santa Sofía, el Gran Bazar, la Torre de Gálata, una foto con el Bósforo detrás. Funcionó, la ciudad se dejó fotografiar sin protestar.
Las dos veces que he estado en Estambul, esta y la anterior, la ciudad no era el destino final. Era la escala obligada de un viaje más largo hacia otro sitio, uno del que todavía no me apetece hablar. Baste decir que desde España no hay manera directa de llegar hasta allí, así que Estambul se convirtió sin querer en la antesala de otra parte, y con el tiempo empecé a aprovechar esa antesala en lugar de dejarla pasar de largo camino a la puerta de embarque siguiente.
Nunca planeé conocer Estambul. Cada vez que he estado ha sido por accidente logístico, un hueco de horas o de días que rellenar antes de seguir camino hacia donde de verdad iba. Y sin embargo aquí estoy, con un hotel al que ya vuelvo por costumbre, con opiniones formadas sobre qué barrios merecen la pena y cuáles se pueden dejar para otra vida, incluso con una cara conocida entre los guías turísticos de la ciudad, aunque dude que él me recuerde a mí tanto como yo a él. Nadie construye una relación con un sitio de paso, se supone. Y sin embargo eso es exactamente lo que ha pasado, sin que yo lo planeara ni lo quisiera del todo.
No sé si volver a una ciudad es una forma de comprobar que no te inventaste la primera vez, o simplemente la pereza de no tener que elegir un destino nuevo cada vez que toca hacer escala. Esta segunda vez decidí no pensarlo demasiado. Dejé el destino final donde estaba, sin nombrarlo, y me quedé el fin de semana entero en la escala, como si la escala fuera el viaje.
Escribo esto ya de vuelta, con la maleta deshecha y el fin de semana cerrado del todo. En algún momento habrá una tercera vez, aunque no sepa todavía cuándo ni por qué motivo logístico me tocará volver a pasar por aquí de camino a otro sitio. Estambul seguirá estando donde está, sin enterarse de que para mí nunca ha sido el destino, solo la sala de espera más bonita que conozco.
Lo que pasó esos tres días, repartido en dos entradas
Llevo ya dos veces sin haber venido a propósito, y las dos veces me he ido preguntando si eso cuenta como conocer un sitio, o solo como pasar por él con los ojos bien abiertos.
LAS DOS PARTES DE ESTE VIAJE
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