En una de las carpas de óptica un señor me deja asomarme a su telescopio. Al otro lado, en una peña que a simple vista no pasa de mancha, hay un buitre con la cabeza hundida entre los hombros. Le veo las plumas una a una.
La FIO es la Feria Internacional de Turismo Ornitológico, la más veterana de su sector en España y la segunda más importante de Europa. Se celebra cada año en el Parque Nacional de Monfragüe, y contada de oídas suena a recinto ferial con moqueta y acreditaciones. Luego llegas y te encuentras con Villarreal de San Carlos, un pueblo de apenas diecisiete casas cerca de Plasencia, rodeado de carpas blancas. Por sus calles camina gente de media Europa con la cabeza levantada.
Era mi primera vez en Monfragüe. De vez en cuando me dejo caer por estos sitios justo en los días en que más sentido tienen, y hace unos años ya lo hice en Doñana, que conté aquí. La edición de 2022 venía después de un año en formato virtual por la pandemia y se notaba en los saludos. Abrazos largos entre gente que, por lo que pude escuchar, solo coincidía aquí, una vez al año, delante de un mostrador de prismáticos.
Los números acompañaban. Más de 109 expositores y una oferta de servicios de naturaleza que está entre las mejores de Europa. A eso hay que sumarle talleres, conferencias, exposiciones y espectáculos para niños, además de rutas ornitológicas con guías que saben lo que hacen, paseos en bici, senderismo y salidas en 4x4. La comarca entera lo vive como una fiesta y el sector lo tiene marcado en rojo en el calendario.
Yo me apunté a lo que pude. Conferencias, varias rutas guiadas, avistamiento de aves y una noche mirando estrellas. Madrugué para ver amanecer y me quedé en los miradores hasta que se fue la luz, que en este rincón de Extremadura es tan buena que da un poco de rabia no saber qué hacer con ella.
En la primera ruta guiada el guía iba nombrando pájaros por el canto, sin necesidad de mirarlos. Un herrerillo. Una curruca. Más allá, algo con un nombre que no me dio tiempo a retener. Yo disparaba hacia donde apuntaba todo el mundo. Por la noche revisé las fotos y encontré ramas, cielo, una mancha que podía ser cualquier cosa y la nuca de un señor con un chaleco de muchos bolsillos. Llevo años creyendo que fotografiar un sitio es una manera de entenderlo. Aquella mañana había hecho trescientas fotos de cosas cuyo nombre desconocía, y eso no se arregla comprando un objetivo más largo.
Primero los datos, que para eso también sirve este espacio. El parque ocupa 18.396 hectáreas en la confluencia del Tajo y el Tiétar. Fue el primer espacio natural protegido de Extremadura, en 2007 pasó de parque natural a parque nacional y además es Reserva de la Biosfera de la UNESCO. El clima es mediterráneo continental, con veranos muy calurosos e inviernos fríos. En febrero lo segundo se nota bastante.
El paisaje lo marcan las crestas de cuarcita y las laderas de pizarra, que caen en cortados sobre los ríos. En las gargantas crece un monte mediterráneo cerrado de encinas, alcornoques, madroños y acebuches. Arriba, en las paredes, viven las rapaces que justifican la feria. El águila imperial ibérica, el buitre negro, el alimoche. Abajo se mueven ciervos, gamos, jabalíes, zorros y ginetas, aunque a mí solo se me dejaron ver los ciervos, y de lejos.
El Salto del Gitano es el mirador de todas las postales. Una pared de roca sobre el Tajo con buitres leonados posados en cada repisa. Hay tantos y se mueven tan poco que durante un buen rato los confundí con la piedra.
Monfragüe es también destino Starlight, una certificación que protege la calidad de su cielo nocturno y promueve la observación astronómica como turismo sostenible. Tiene zonas de observación señalizadas y a lo largo del año organiza visitas guiadas nocturnas y talleres de fotografía de noche. Con tan poca contaminación lumínica la Vía Láctea se ve a simple vista.
La noche de la observación hacía un frío que no había previsto. Vengo de inviernos que se resuelven con una chaqueta fina, y allí arriba, pasadas las once, ni con guantes conseguía mover las ruedas de la cámara. El monitor iba señalando constelaciones con un puntero láser. A mi alrededor había parejas compartiendo un termo y grupos de amigos que se reían bajito. Yo estaba solo con el trípode, peleándome con el enfoque a infinito, y en algún momento dejé de intentarlo. Me quedé mirando hacia arriba con las manos en los bolsillos. No fue una experiencia mística. Fue, sobre todo, darme cuenta de que llevaba dos días hablando solo con guías y camareros.
A finales del siglo XVIII el camino entre Plasencia y Trujillo estaba lleno de bandoleros. Carlos III decidió fundar aquí una pedanía, Villarreal de San Carlos, que hoy depende de Serradilla, para instalar una guarnición fija que vigilara el tramo entre el puente del Cardenal y el puerto de la Serrana. Se le dio lo básico y nunca tuvo mucha gente. La media rondó siempre los treinta vecinos. Solo entre 1960 y 1970 llegó a los 180, con las obras de los pantanos del Tajo y el Tiétar. En el censo de 2014 constaban 13 habitantes.
Hoy tiene alojamientos, restaurantes, oficina de información turística, una tienda de recuerdos y el centro de interpretación del parque. De aquí salen la mayoría de las rutas a pie y de observación de aves.
El domingo por la tarde, mientras desmontaban las carpas, me acordé de esos trece vecinos. Durante tres días el pueblo se llena de miles de desconocidos con prismáticos que hablan de pájaros en cinco idiomas, y luego se van todos a la vez. Intento imaginarme el lunes en Villarreal y me sale algo muy parecido a lo que hago yo cuando vuelvo de viaje. Abrir las ventanas. Barrer. Sentarme un rato en una casa que de repente parece más grande.
El castillo está en lo alto de la sierra de las Corchuelas, a 465 metros, y se gana al final con 134 escalones. Los subí despacio. A media escalera me adelantó una señora de unos setenta años con bastones de senderismo, me dio las buenas tardes sin jadear y siguió. No pude devolverle el saludo hasta el rellano siguiente. Me digo que yo cargaba con la mochila de la cámara. Ella también llevaba una, y más grande.
Según las crónicas se levantó en el siglo IX, con cinco torres y dos recintos de muralla. La torre redonda que se conserva es del siglo XII, de cuando lo restauraron los caballeros de la Orden de Montegaudio. La torre pentagonal, de cuarcita, es ya del siglo XV y se hizo más para vigilar el paso del ganado trashumante que para defenderse de nadie. Pegada a ella está la ermita de la Virgen de Monfragüe. Durante mucho tiempo fue una ruina. Hoy está restaurado y se visita sin problema.
Desde arriba el parque se entiende de golpe. Los dos ríos, el Salto del Gitano abajo, la dehesa perdiéndose hacia el sur. Los buitres pasan a la altura de la cara, tan cerca que se oye el aire entre las plumas. Esa vez no levanté la cámara. Todavía estaba recuperando el aliento y tampoco habría sabido decir cuál de ellos era.
Dentro del parque hay siete rutas autoguiadas y bien señalizadas. Las tres interiores se hacen sin papeleo. Para otras hace falta una autorización por escrito que hay que llevar encima durante todo el recorrido, porque atraviesan zona de reserva. En cada título tienes el mapa oficial de la ruta.
Hasta el castillo de Monfragüe. Es el mayor de los recorridos interiores del parque y une tres tramos circulares que pasan por sus rincones más conocidos.
Arroyo de Malvecino y cerro Gimio. Circular, y con una buena muestra de la vegetación típica de Monfragüe.
Hasta el mirador de la Tajadilla. Fácil y agradable, entre pequeñas huertas, retazos de dehesa y matorral.
Hacia Serradilla. Necesita permiso, porque discurre por zona de reserva.
Une Villarreal de San Carlos con Torrejón el Rubio por la vía pecuaria. También necesita permiso.
Camino de Barbaón. Sale del aparcamiento de Malvecino, a unos metros de Villarreal, siguiendo la Cañada Real Trujillana. Necesita permiso.
Un tramo de Cañada Real entre Villarreal de San Carlos y Malpartida de Plasencia, cruzando el puerto de la Serrana. El firme es rocoso y muy irregular en todo el recorrido por el interior del parque.
Por si quieres hacerte una idea del parque antes de ir. En el mapa tienes localizado Villarreal de San Carlos, donde se celebra la feria y de donde parten casi todas las rutas del parque. Debajo tienes los enlaces oficiales, el álbum de fotos y la información práctica para organizar la visita. Información oficial, consejos y recomendaciones para tu visita Todas las fotos de Extremadura en nuestra galería de 500px. Cada año a finales de febrero, en Villarreal de San Carlos. La próxima edición está prevista del 26 al 28 de febrero de 2027. La entrada es gratuita. Viernes y sábado de 10 a 19 h, domingo de 10 a 15 h. Conviene revisar en la web si hay autobuses gratuitos y qué actividades piden inscripción previa. Villarreal de San Carlos está junto a la carretera EX-208, entre Plasencia y Trujillo. Es el centro de operaciones del parque y el punto de partida de las rutas interiores. Las rutas marrón, morada y negra necesitan autorización por escrito. Se pide en las oficinas de información de Villarreal de San Carlos y Torrejón el Rubio o en la Central de Reservas. Centro de Visitantes de Villarreal de San Carlos — 927 199 134. El parque organiza rutas interpretativas y observación de aves en sus miradores dentro del programa Conecta con Monfragüe, de marzo a junio y en octubre. Son gratuitas pero piden inscripción previa. Lo atraviesa la ruta roja. Al final hay 134 escalones, así que mejor subir con calma y con agua. Arriba está también la ermita de la Virgen de Monfragüe. No se puede dar de comer a los animales, salirse de los caminos señalizados, hacer fuego, bañarse ni acampar. Los perros pueden ir siempre que vayan atados. En algunas zonas no hay cobertura y en invierno las noches son muy frías, así que abrigo de sobra si vas a quedarte a ver estrellas. Código ético — Ninguno de los establecimientos mencionados ha pagado por aparecer en este espacio.
—Negro —me dice el señor.
Asiento muy convencido. Por la noche, antes de dormir, lo busco en el móvil para que no se me olvide y descubro que el buitre negro, en realidad, es marrón oscuro. No se lo reprocho. A mí también me pusieron nombre antes de saber cómo iba a salir.
UNA FERIA EN UN PUEBLO DE DIECISIETE CASAS
EL PARQUE NACIONAL
DESTINO STARLIGHT
VILLARREAL DE SAN CARLOS
EL CASTILLO DE MONFRAGÜE
SENDERISMO EN MONFRAGÜE
Ruta roja — 16 km. Dificultad media
Ruta verde — 7,9 km. Dificultad baja
Ruta amarilla — 8,9 km. Dificultad baja
Ruta marrón — 14 km. Dificultad media
Ruta morada — 13 km solo ida. Dificultad media
Ruta negra — 23,2 km. Dificultad baja
Ruta azul — 19 km solo ida. Dificultad media
MONFRAGÜE EN VÍDEO
EL MAPA
GUÍA PRÁCTICA Y ENLACES — MONFRAGÜE
FIO EXTREMADURA
Web oficial de la feria, con programa, rutas y actividades de cada edición.
RUTAS OFICIALES DEL PARQUE
Mapas, distancias y rutas guiadas gratuitas en la web de Parques Nacionales.
PERMISOS Y RESERVAS
Central de Reservas de Parques Nacionales, para las rutas con autorización.
GUÍA PRÁCTICA DE MONFRAGÜE
Web privada con alojamientos, actividades y empresas locales.
EL BOTÍN FOTOGRÁFICO COMPLETO
CUÁNDO SE CELEBRA LA FIO
CÓMO LLEGAR
RUTAS CON PERMISO
RUTAS GUIADAS GRATUITAS
EL CASTILLO
NORMAS Y CONSEJOS
Duele. No hace falta ser más elegante que eso. Los primeros movimientos de la mañana, antes del café, tienen la textura exacta del día después de ochenta kilómetros de sillín, y no hay metáfora que lo mejore demasiado. Trago dos pastillas con un café hirviendo y me quemo la lengua.
El camino se aleja pronto del río y sube por el coteau, entre las cepas de los viñedos de Vouvray, que a esta hora conservan todavía el peso entero del rocío. La subida no es larga pero llega en el peor momento posible, con las piernas de ayer todavía sin reponerse del todo, y la maldigo en voz baja sin que me oiga nadie.
Desde arriba se ve el valle entero. El Loira con sus bancos de arena. Y en el acantilado de toba, al otro lado, una hilera de agujeros oscuros con puertas y contraventanas encajadas directamente en la roca. Alguien vive ahí, en una vivienda troglodita con antena parabólica incluida, aunque desde esta distancia no hay forma de saber quién. Me quedo mirando más de la cuenta.
La bajada de vuelta al río es rápida y no exige nada de mí salvo sujetar el manillar. Los últimos kilómetros antes de Tours se hacen bajo un túnel de árboles que cierra el cielo casi del todo. El aire cambia de temperatura antes que el paisaje, unos grados de golpe, y durante un rato no hay más sonido que el de la rueda delantera sobre tierra compactada.
Tours llega antes por el ruido que por la vista. El tráfico se oye dos curvas antes de que aparezca el puente. Cruzo el puente Wilson entre coches y me equivoco de carril en la rotonda del otro lado, lo cual provoca un bocinazo breve y del todo justificado. Levanto la mano a modo de disculpa. El conductor no me la devuelve. Tiene razón.
La Place Plumereau está a media faena cuando llego. Los camareros sacan las últimas sillas de dentro, alguien barre bajo una mesa sin levantarla, un gato duerme justo en el centro de una silla y nadie parece dispuesto a moverlo por ahora. Pido un Vouvray. Tarda. Llega tibio, casi caliente, y no digo nada, ni al camarero ni, hasta este momento, a mí mismo. Hay una cobardía social muy concreta en no devolver una copa de vino, y la admito de mala gana.
Me quedo el tiempo que dura la copa y un poco más. No pasa nada digno de mención en esa media hora. Está bien que así sea. No todo tiene por qué convertirse en algo.
Cruzar Tours en bici es otro asunto. Pasos de cebra, glorietas pequeñas, el carril que aparece y desaparece sin avisar en tres calles distintas. Salgo de la ciudad aliviado, y me sienta un poco mal alegrarme tanto de dejar un sitio tan bonito.
El Cher es un río de otro tamaño y otro carácter. Más estrecho, más oscuro, con los álamos de las dos orillas casi tocándose por arriba en algunos tramos. Hace más fresco aquí. Se nota antes en los brazos que en cualquier otra parte del cuerpo.
Savonnières aparece con su piedra color crema y un cartel pintado a mano que anuncia las grutas. Entro. Dentro hace ese frío concreto de las cuevas, el que se mete por la ropa en segundos, y sobre un pedestal, con su cartela correspondiente, hay una coliflor entera convertida en piedra por el agua calcárea de las Grottes Pétrifiantes a lo largo de varias semanas. Me quedo hasta que el frío deja de ser curioso y empieza a ser de verdad.
Los setos de Villandry asoman en ángulo recto por encima de los muros del dominio antes de que se vea nada más, geometría pura contra el cielo ya bajo de la tarde. Paro la bici en el camino.
No entro. Mañana.
En el Cheval Rouge dejo el equipaje y bajo tarde a cenar, cuando casi no queda nadie en el comedor. El camarero —que también es el cocinero, que también parece ser el dueño— pregunta si he hecho el tramo entero desde Amboise. Le digo que sí. Levanta las cejas y se va a la cocina.
Como despacio. Fuera, el pueblo ya está a oscuras.
En el mapa puedes seguir el trazado completo de esta segunda etapa. Sale de Amboise y sube al coteau de Vouvray, entra en Tours por el puente Wilson y termina junto al Cher, pasando por Savonnières, hasta Villandry. Debajo tienes los enlaces oficiales, el álbum fotográfico completo y la información práctica para tu recorrido. Información oficial, consejos y recomendaciones para la ruta. Accede al álbum compartido en Google Photos para explorar todas las capturas de esta etapa a máxima resolución. Amboise → Tours (~27 km, dejando el río para subir al coteau entre los viñedos de Vouvray, con vistas a las viviendas trogloditas excavadas en la roca de toba, antes de volver a la orilla) → Villandry (~15 km siguiendo el Cher). La zona entre Amboise y Tours, especialmente alrededor de Vouvray y Rochecorbon, tiene una de las mayores concentraciones de viviendas y bodegas excavadas en toba (tuffeau) del valle. Algunas se visitan (bodegas con cata incluida) y otras siguen habitadas. Vale la pena bajar del camino principal si ves alguna abierta. La Place Plumereau y el Vieux-Tours merecen al menos una hora. La Cathédrale Saint-Gatien, a diez minutos a pie, cuenta con vidrieras del siglo XIII. Las Halles de Tours para charcutería y quesos locales. Aparcamiento vigilado para bicis junto al puente Wilson. Las Grottes Pétrifiantes rompen el tramo final entre Tours y Villandry. Entrada — 7,70 € adulto. Frescas en verano. Abren de principios de febrero a mediados de noviembre, con horario ampliado en julio y agosto. Temporada 2026 — del 1 de mayo al 27 de septiembre. De lunes a viernes, hasta tres viajes diarios de ida y vuelta entre Orléans, Tours, Angers y Nantes, con parada en Amboise y Tours. Los fines de semana el trayecto llega hasta Le Croisic. La reserva de plaza para la bici es obligatoria y cuesta 1 € por bici y trayecto. Se hace en veloabord.fr. Hôtel Restaurant Le Cheval Rouge, 9 rue Principale, 37510 Villandry. Teléfono 02 47 50 02 07. Correo chevalrouge@rousseautraiteur.fr. Web lecheval-rouge.com. Código ético — Ninguno de los establecimientos mencionados ha pagado por aparecer en este espacio.
Bajo con la bici cargada. Amboise a esta hora no posa para nadie; un panadero cuenta cajas en voz baja junto a la puerta de su tienda, dos veces, no sé por qué. Una furgoneta descarga bidones de agua frente a un restaurante todavía cerrado. El castillo, arriba, sigue exactamente donde lo dejé ayer, cosa que agradezco. Después de un día así uno empieza a dudar de la permanencia de las cosas en general.
EL COTEAU DE VOUVRAY Y LAS VIVIENDAS TROGLODITAS
LLEGADA A TOURS — PONT WILSON Y LA PLACE PLUMEREAU
EL RÍO CHER, SAVONNIÈRES Y LA LLEGADA A VILLANDRY
EL MAPA DE LA RUTA
GUÍA PRÁCTICA Y ENLACES — DÍA 2
LA LOIRE À VÉLO
Portal oficial y app de navegación GPS para la ruta en bici.
TURISMO DE TOURS
Información sobre el casco histórico, la Place Plumereau y la Catedral.
CHÂTEAU ET JARDINS DE VILLANDRY
Página oficial, horarios y entradas para los célebres jardines.
EL BOTÍN FOTOGRÁFICO COMPLETO
LA RUTA DEL DÍA
Total — 40 km, con un desnivel acumulado moderado en la subida del coteau y el resto llano. El día más corto de la ruta.VIVIENDAS TROGLODITAS DE VOUVRAY
TOURS
SAVONNIÈRES
TREN LOIRE À VÉLO
DÓNDE DORMIR EN VILLANDRY
Hay una teoría no escrita que dice que los mejores viajes no empiezan en el aeropuerto ni en la estación. Empiezan mucho antes, en el momento exacto en que uno decide que va a ir. Ese instante de rendición tranquila. Este viaje empezó así, en algún punto del invierno, cuando alguien dijo bici y Loira en la misma frase y yo no puse objeción. Tampoco es que pueda negarme a robar imágenes por el camino. Es algo que me ocurre solo, como estornudar.
El castillo real de Blois queda arriba, en su colina, cuando salgo de la ciudad. Cuatro siglos de arquitectura apilados en el mismo patio —el gótico de Luis XII, el Renacimiento de Francisco I, el clasicismo inacabado de Gastón de Orleans— y yo me voy sin haber entrado. No es descortesía, es cálculo. Con ochenta y cinco kilómetros por delante, prefiero guardar las piernas para lo que viene y no gastar la mañana admirando un patio interior, por bonito que sea. Ya habrá tiempo, me digo, sabiendo que probablemente no lo habrá.
Giro al sur y me alejo del río. El camino baja hacia el bosque de Boulogne, que aparece de repente como si alguien hubiera corrido una cortina. El aire cambia de temperatura en cuestión de metros. El silencio tiene textura. Me detengo. Saco la cámara. No sé exactamente qué fotografío. A veces uno dispara para tener una excusa para detenerse.
Y entonces aparece Chambord.
No hay manera de prepararse para Chambord. He visto fotos. He leído descripciones. He oído a gente que lo había visitado hablar de él con esa mezcla de entusiasmo y ligera vergüenza que produce lo que es objetivamente demasiado grande. Nada sirve. El castillo emerge de la llanura con sus 440 habitaciones, sus 365 chimeneas y una escalera de doble hélice que se atribuye a Leonardo da Vinci, un capricho más sobre una lista que ya iba sobrada de caprichos. Me quedo parado sobre la bici, con un pie en el suelo, sin mover nada.
Es demasiado. Lo fotografío igual.
Francisco I mandó construir esto para irse de caza. La muralla que cerca la finca tiene 32 kilómetros. La muralla, no el castillo. Hay algo profundamente insano en esa escala que me resulta, por alguna razón, completamente admirable. Rodeo la finca por el camino de grava entre árboles. Un hombre mayor está sentado en un banco, mirando el castillo con los brazos cruzados y expresión de juez severo.
—¿Lleva mucho tiempo aquí? —le pregunto.
—Tres horas —responde sin mirarme—. Cada vez lo encuentro diferente.
Me quedo con la frase sin saber muy bien qué hacer con ella, y le guardo el perfil en la cámara antes de volver a los pedales.
De vuelta en la ruta principal, el camino sigue la orilla norte del Loira hacia el este. El río va quieto, casi plano, con el agua baja dejando ver bancos de arena a los dos lados. A unos veinte kilómetros de Chambord, el castillo de Chaumont-sur-Loire asoma sus torres redondas entre los árboles de un promontorio, bastante más pequeño que Chambord, casi un boceto al lado de aquella desmesura. Bajo hasta el puente, cruzo el río y subo por el camino hasta el dominio.
Chaumont no es Chambord. No pretende serlo. Es más pequeño, más íntimo, más parecido a un lugar donde alguien vivió de verdad que a un monumento a la megalomanía real. Catalina de Médici lo tuvo. Diana de Poitiers también, en circunstancias que ninguna de las dos elegiría como propias. Lo que importa ahora son los jardines. Cada año el Festival Internacional de Jardines convierte el dominio en algo situado en una frontera imprecisa entre arte y horticultura, entre lo que la naturaleza hace y lo que los artistas creen que debería hacer si tuviera más imaginación.
Una mujer mayor me explica, sin que yo le haya preguntado nada, que este jardín de aquí representa la memoria del agua. Le doy la razón, porque tiene razón, aunque yo habría llegado a esa conclusión en un orden diferente. Le robo una imagen mientras mira sus flores favoritas. Ella no se da cuenta. O sí se da cuenta y decide no hacer nada al respecto, que también es una forma de consentir.
Me quedo menos de una hora. Todavía me quedan casi veinticinco kilómetros y las piernas ya llevan toda la mañana quejándose.
El tramo de Chaumont a Amboise es puro Loira. El carril bici pegado al río, los bancos de arena dorada que aparecen y desaparecen según el humor del agua, el bosque de Amboise cerrando el cielo de golpe y abriéndolo de nuevo con la misma brusquedad. A estas alturas del día ya no disfruto tanto el paisaje como debería. Llevo horas sentado en un sillín que sigue pareciéndome una broma de mal gusto, tengo las manos un poco dormidas de agarrar el manillar, y empiezo a hacer ese cálculo tan poco noble de cuántos kilómetros me quedan en vez de cuántos llevo disfrutados. El bosque, al menos, ayuda. Es fresco y denso, con luz que se filtra entre las ramas, un silencio distinto al del bosque de Boulogne, más dulce, más habitado, con bicicletas apoyadas contra los troncos y voces bajas entre los árboles.
Amboise aparece sobre la colina con su castillo real presidiendo el río desde lo alto. Entro en la ciudad cuando la tarde empieza a ceder. Dejo el equipaje en el hotel Chaptal, que está, cómo no, en la rue Chaptal, y salgo caminando los quinientos metros que me separan del Clos Lucé.
Un palacete de ladrillo rojo discreto, casi doméstico, que Francisco I puso a disposición de Leonardo da Vinci para que viviera, inventara y pensara en sus cercanías. Le pagaba una pensión anual a cambio de nada concreto, solo de ser Leonardo da Vinci. El rey y el genio se veían a través del pasadizo subterráneo que une los dos edificios. Francisco bajaba cuando quería conversar, que es el sueño de cualquier intelectual —que el poder llame a tu puerta en vez de al revés, y que encima lo haga por un túnel para no mojarse.
En el dormitorio donde Leonardo murió el 2 de mayo de 1519, la ventana daba al castillo del rey. Me pregunto qué pensaba cuando miraba por ella. Probablemente no pensaba en el rey, sino en sus máquinas voladoras, en el ángulo de la luz, en la hidráulica. A los genios se les puede perdonar casi todo, incluso no estar nunca del todo donde están.
En los jardines, las máquinas que imaginó están reproducidas a escala gigante. El precursor del helicóptero, el tanque blindado, el puente de asedio. La gente las mira y sonríe, sabiendo que cualquier comparación con Leonardo está perdida de antemano. Fotografío las máquinas, los rostros, la luz del final del día sobre el ladrillo rojo, y cuando salgo a la calle me doy cuenta de que llevo toda la tarde sin cruzar más de tres frases seguidas con nadie. No es tristeza exactamente, pero tampoco es mucho mejor que eso. Ahí me quedo, sin ganas de analizarlo más, con el estómago vacío y las piernas cargadas, de vuelta hacia el hotel.
En el mapa tienes localizado el trazado completo en bicicleta de esta primera etapa. La salida desde Blois, el desvío hacia Chambord, la parada en Chaumont-sur-Loire y la llegada final a Amboise. Debajo tienes los enlaces oficiales, el álbum fotográfico completo y la información práctica para tu recorrido. Información oficial, consejos y recomendaciones para la ruta. Accede al álbum compartido en Google Photos para explorar todas las capturas de esta etapa a máxima resolución. Desde el sur de España y Madrid, la combinación más práctica es vuelo más tren. Desde los aeropuertos de Málaga, Sevilla o Madrid hay vuelos directos o con escala a París Orly o Charles de Gaulle, y desde París el TGV desde la Gare Montparnasse llega a Blois-Chambord en poco más de 1h15. El castillo de Blois está a 500 metros de la estación. Desde Barcelona, el TGV inOui desde Barcelona-Sants llega a París en unas 6h30; desde allí TGV hasta Blois. Las bicicletas van gratis desmontadas en funda en los trenes regionales TER; en los TGV de alta velocidad deben ir embaladas. Reservas en sncf-connect.com o thetrainline.com. Para quienes viajan desde el sur de España o Portugal, existe también la opción de volar a Nantes e iniciar la ruta en sentido contrario, terminando en Blois. Blois → Chambord (desvío ~20 km al sur) → vuelta al Loira → Chaumont-sur-Loire (~20 km) → Amboise (~25 km). El alquiler de referencia en Blois es Détours de Loire (Puerto de la Creusille), con bicis híbridas y eléctricas, consigna de equipaje (8 €/día) y traslado de maletas entre alojamientos (5 €/día). Reservar con antelación en temporada alta. La Oficina de Turismo de Blois también guarda equipaje por 5 €/día. Abierto todos los días. Reserva de entrada online recomendada en chambord.org. El acceso al dominio y los jardines exteriores es gratuito. Calcular mínimo 2 horas para la visita interior, incluyendo la escalera de doble hélice y las terrazas. La finca exterior tiene 32 km de muralla perimetral y caminos para recorrer en bici. El Domaine de Chaumont incluye el castillo del siglo XV y el Festival International des Jardins (abril–noviembre, tema diferente cada año). Entrada desde 17 € adulto. La estación de tren Onzain-Chaumont-sur-Loire está en la orilla norte, buena opción para regresar en TER si el día se hace largo. Reservas en domaine-chaumont.fr. La entrada para adultos cuesta 17,50 €. Incluye la visita al palacete, los talleres de Leonardo, el espacio inmersivo y el parque con las máquinas gigantes. Calcular entre 2 y 3 horas. Reserva en vinci-closluce.com. Hôtel Chaptal — rue Chaptal, 37400 Amboise — teléfono 02 47 57 14 46 — infos@hotel-chaptal-amboise.fr — hotel-chaptal-amboise.fr. A pocos minutos a pie del casco histórico y del Clos Lucé. Código ético — ninguno de los establecimientos mencionados ha pagado por aparecer en este espacio.
Lo que sí me ocurre es que tengo una relación complicada con las bicis. No es que no sepa montar, sé montar. Lo que no sé es por qué alguien inventó el sillín con esa forma específica, como si el objetivo fuera castigar exactamente la parte del cuerpo que más va a necesitar descanso en los próximos cinco días. Me subo a la mía en el puerto de la Creusille, a orillas del Loira, y pedaleo los primeros metros muy tieso, muy digno, sospechando ya que el cuerpo me va a pasar factura antes de que acabe el día.
BLOIS Y LOS PRIMEROS KILÓMETROS: EL RÍO Y LA SALIDA
CHAMBORD: BOSQUE, ESCALA Y DESMESURA
CHAUMONT-SUR-LOIRE: JARDINES, HISTORIA Y LA MEMORIA DEL AGUA
RUMBO A AMBOISE: EL BOSQUE DENSO Y LA LLEGADA
CLOS LUCÉ: EL CASTILLO Y EL UNIVERSO DE LEONARDO
EL MAPA DE LA RUTA
GUÍA PRÁCTICA Y ENLACES — DÍA 1
LA LOIRE À VÉLO
Portal oficial y app de navegación GPS para la ruta en bici.
CHÂTEAU DE CHAMBORD
Página oficial y reservas para el castillo de Chambord.
DOMAINE DE CHAUMONT-SUR-LOIRE
Página oficial del castillo y el Festival Internacional de Jardines.
CLOS LUCÉ (AMBOISE)
Página oficial y reservas para la última morada de Leonardo da Vinci.
EL BOTÍN FOTOGRÁFICO COMPLETO
CÓMO LLEGAR DESDE ESPAÑA
LA RUTA DEL DÍA
Total aproximado, 85 km. Terreno llano salvo el repecho de subida a Chaumont. Señalización Loire à Vélo excelente en todo el tramo. La app oficial La Loire à Vélo (gratuita, iOS y Android) incluye navegación GPS, puntos de servicio y alojamientos certificados.LAS BICIS Y EL EQUIPAJE
CHAMBORD
CHAUMONT-SUR-LOIRE
CLOS LUCÉ (AMBOISE)
DÓNDE DORMIR EN AMBOISE
En Balat, una casa pintada de rosa chillón, fachada perfecta para una foto, y ni un alma detrás de las ventanas. El guía dice que ya casi nadie vive en las que se ven bonitas.
Y luego, mucho después, un barco, una torre en mitad del agua, y algo que no esperaba que me pasara a mí, precisamente a mí, la segunda vez.
El aeropuerto me recibe con un peregrino vestido de blanco delante de mí en la cola y un cartel con mi nombre mal escrito al otro lado de la puerta de llegadas. Bienvenida oficial a la escala.
Quince horas después ya llevo un ferri cruzado, dos mezquitas vistas y un plato de pescado que no supe pedir bien. Esto va rápido.
Hay ciudades que se visitan, y hay ciudades que simplemente ocurren de camino a otra parte, sin haber sido invitadas al plan. Estambul, para mí, siempre ha sido de las segundas.
La primera vez que estuve en Estambul hice lo que hace todo el mundo la primera vez. Santa Sofía, el Gran Bazar, la Torre de Gálata, una foto con el Bósforo detrás. Funcionó, la ciudad se dejó fotografiar sin protestar.
Las dos veces que he estado en Estambul, esta y la anterior, la ciudad no era el destino final. Era la escala obligada de un viaje más largo hacia otro sitio, uno del que todavía no me apetece hablar. Baste decir que desde España no hay manera directa de llegar hasta allí, así que Estambul se convirtió sin querer en la antesala de otra parte, y con el tiempo empecé a aprovechar esa antesala en lugar de dejarla pasar de largo camino a la puerta de embarque siguiente.
Nunca planeé conocer Estambul. Cada vez que he estado ha sido por accidente logístico, un hueco de horas o de días que rellenar antes de seguir camino hacia donde de verdad iba. Y sin embargo aquí estoy, con un hotel al que ya vuelvo por costumbre, con opiniones formadas sobre qué barrios merecen la pena y cuáles se pueden dejar para otra vida, incluso con una cara conocida entre los guías turísticos de la ciudad, aunque dude que él me recuerde a mí tanto como yo a él. Nadie construye una relación con un sitio de paso, se supone. Y sin embargo eso es exactamente lo que ha pasado, sin que yo lo planeara ni lo quisiera del todo.
No sé si volver a una ciudad es una forma de comprobar que no te inventaste la primera vez, o simplemente la pereza de no tener que elegir un destino nuevo cada vez que toca hacer escala. Esta segunda vez decidí no pensarlo demasiado. Dejé el destino final donde estaba, sin nombrarlo, y me quedé el fin de semana entero en la escala, como si la escala fuera el viaje.
Escribo esto ya de vuelta, con la maleta deshecha y el fin de semana cerrado del todo. En algún momento habrá una tercera vez, aunque no sepa todavía cuándo ni por qué motivo logístico me tocará volver a pasar por aquí de camino a otro sitio. Estambul seguirá estando donde está, sin enterarse de que para mí nunca ha sido el destino, solo la sala de espera más bonita que conozco.
Lo que pasó esos tres días, repartido en dos entradas
Llevo ya dos veces sin haber venido a propósito, y las dos veces me he ido preguntando si eso cuenta como conocer un sitio, o solo como pasar por él con los ojos bien abiertos.
LAS DOS PARTES DE ESTE VIAJE
LO+VISTO
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La banya y el ladrón robado Sus pies descalzos cruzaron el umbral de la banya sintiendo la madera bajo ellos; casi lame...
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- La tierra de Castilla la Mancha tiene color de sombra de ojos – dice mi e...
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Existe un país cuyo símbolo es un dragón, y una tierra al norte que ha decidido darle cobijo y ofrecerle un hogar. El país es Eslovenia, y l...
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En los cuentos y películas de fantasía aparecen mundos paralelos ocultos tras la puerta de un armario o quizá al trazarla en la pared con un...