Hay ciudades que se visitan, y hay ciudades que simplemente ocurren de camino a otra parte, sin haber sido invitadas al plan. Estambul, para mí, siempre ha sido de las segundas.
La primera vez que estuve en Estambul hice lo que hace todo el mundo la primera vez. Santa Sofía, el Gran Bazar, la Torre de Gálata, una foto con el Bósforo detrás. Funcionó, la ciudad se dejó fotografiar sin protestar.
Las dos veces que he estado en Estambul, esta y la anterior, la ciudad no era el destino final. Era la escala obligada de un viaje más largo hacia otro sitio, uno del que todavía no me apetece hablar. Baste decir que desde España no hay manera directa de llegar hasta allí, así que Estambul se convirtió sin querer en la antesala de otra parte, y con el tiempo empecé a aprovechar esa antesala en lugar de dejarla pasar de largo camino a la puerta de embarque siguiente.
Nunca planeé conocer Estambul. Cada vez que he estado ha sido por accidente logístico, un hueco de horas o de días que rellenar antes de seguir camino hacia donde de verdad iba. Y sin embargo aquí estoy, con un hotel al que ya vuelvo por costumbre, con opiniones formadas sobre qué barrios merecen la pena y cuáles se pueden dejar para otra vida, incluso con una cara conocida entre los guías turísticos de la ciudad, aunque dude que él me recuerde a mí tanto como yo a él. Nadie construye una relación con un sitio de paso, se supone. Y sin embargo eso es exactamente lo que ha pasado, sin que yo lo planeara ni lo quisiera del todo.
No sé si volver a una ciudad es una forma de comprobar que no te inventaste la primera vez, o simplemente la pereza de no tener que elegir un destino nuevo cada vez que toca hacer escala. Esta segunda vez decidí no pensarlo demasiado. Dejé el destino final donde estaba, sin nombrarlo, y me quedé el fin de semana entero en la escala, como si la escala fuera el viaje.
Escribo esto ya de vuelta, con la maleta deshecha y el fin de semana cerrado del todo. En algún momento habrá una tercera vez, aunque no sepa todavía cuándo ni por qué motivo logístico me tocará volver a pasar por aquí de camino a otro sitio. Estambul seguirá estando donde está, sin enterarse de que para mí nunca ha sido el destino, solo la sala de espera más bonita que conozco.
Lo que pasó esos tres días, repartido en dos entradas
Llevo ya dos veces sin haber venido a propósito, y las dos veces me he ido preguntando si eso cuenta como conocer un sitio, o solo como pasar por él con los ojos bien abiertos.
LAS DOS PARTES DE ESTE VIAJE
Me pregunto con qué proporción de sorpresa y expectativas se componen los viajes y cuánto afectan a las emociones vividas y a los recuerdos.
Un recorrido por lo inhóspito y lo hipnótico
Hoy me echo a la carretera con dos objetivos en mi plan, una vez más a medio camino entre lo esperado y la sorpresa, una de las características de este viaje. Con esa idea y mi punto antisistema llego al primero de mis hitos, el esperado; uno de los lugares que apareció en todas mis búsquedas sobre Lanzarote, el Lago Verde o Charco de los Clicos. La carretera desciende en busca del mar, a través de una tierra árida a la que ya me he acostumbrado y que me resulta tan inhóspita como atractiva.
El pueblo de El Golfo aparece junto al mar, lo dejo a un lado para entrar en el aparcamiento que hay al comienzo del sendero que lleva hasta el Charco de los Clicos, por el que recorro un trayecto corto hasta que llego a un mirador desde el que puedo tomar algunas imágenes. Mi reto es que no sea la misma fotografía que la del resto de turistas que me acompañan durante el camino porque, al fin y al cabo, yo no soy un turista, soy un viajero ¿o tal vez no? En cualquier caso me quedo tranquilo al llegar a mi destino porque el sendero por sí solo ya vale la pena recorrerlo y ver el lago/charco también, resultado de la actividad volcánica de la isla. Me quedo el tiempo necesario para observar los detalles y no quedarme solo con la foto robada. Siempre hay algo más.
Abandono el lugar para ir en busca de la sorpresa, Los Hervideros, una formación rocosa resultado de la erupción del volcán conocido como Montaña Bermeja, por su color rojo, claro está. Sorpresa porque en mi plan de viaje solo contaba como una mera anotación al margen, sin más pretensiones. Agradezco nuevamente que sea fácil aparcar, enseguida estoy inmerso en las formas que el agua ha creado en la lava volcánica. Las olas chocan contra la roca rugiendo entre los huecos creados durante el transcurso de los siglos.
Camino por el lugar por escaleras que facilitan el acceso a algunos espacios y miradores que permiten que poco a poco me mezcle con el lugar. Esto sí que es una intervención de la mano del hombre sin apoderarse de la magia de la naturaleza. Una vez más el paisaje del malpaís, resultado de la lava vertida, me sobrecoge y me sitúa en otro planeta. Mi imaginación vuela, mi cámara no para de disparar: El mar, las rocas, el malpaís, la montaña bermeja al fondo. Un paisaje inhóspito, hipnótico, hermoso a mis ojos.
Sigo mi viaje, ahora hacia la civilización y otro de los lugares al que los buscadores web quieren llevarme, Playa Papagayo. Allí voy, no me resisto, a pesar de sentirme viajero en lugar de turista. Antes de llegar a mi destino hago dos paradas, la primera en la Playa y salinas de Janubio. Saco tiempo para detenerme, el viento me acompaña y aunque no ayuda a que sea una buen día de playa, no me importa, y recorro el lugar de forma tranquila y sosegada. Contemplo las salinas desde diferentes miradores. Es otra versión de la fusión entre la naturaleza y el hombre, esta necesaria: La sal y la vida. Aquí, soy viajero.
Llego a Playa Blanca, enclave en el que encajan todos los turistas, incluido yo. Recorro el paseo marítimo plagado de bares y restaurantes junto a una playa la mar de agradable. Yo, amante de la historia, no puedo renunciar a visitar el castillo San Marcial de Rubión de Femés y me maravillo de su entorno, una vez más del color azul de las aguas que lo rodean y que se queda grabado en mi retina.
Enfilo la carretera hacia el destino del día más sugerido, Playa Papagayo, lugar icónico al que las fotos ajenas convierten en idílico. Y lo es. Hay una enorme explanada para aparcar que encuentro bastante llena de vehículos aunque no tengo dificultad en encontrar plaza para mi coche. Llego al borde del acantilado y veo la playa a mis pies, resguarda del viento, tal vez sea ese uno de sus atractivos, al menos hoy. Algo se despierta en mí, el recuerdo de algunas de las playas que he dejado atrás hasta llegar aquí, más expuestas al viento pero con menos sombrillas abiertas; entonces, mi yo viajero, desanda los pasos y hunde los pies en la arena dorada de una de ellas, sin echar de menos los lugares icónicos, pero satisfecho y disfrutando del espacio en el que me encuentro.
En el mapa tienes localizado el recorrido por el sur de la isla: desde El Golfo y el Charco de los Clicos, pasando por Los Hervideros y las Salinas de Janubio, hasta llegar a Playa Blanca y el entorno de Punta del Papagayo.
Os dejamos los enlaces para planificar vuestras paradas en la costa suroeste. A pesar del gran magnetismo turístico de rincones como Playa Blanca o Papagayo, la belleza brutal del magma fundiéndose con el Atlántico nos recuerda que siempre podemos elegir nuestro propio sendero lejos de las rutas más trilladas. Os animamos a que viváis vuestra propia experiencia y busquéis esa proporción única entre expectativas y sorpresas.
Accede al álbum compartido en Google Photos para explorar todas las capturas de este viaje a Lanzarote a máxima resolución. Código ético: Ninguno de los lugares mencionados ha pagado por aparecer en este espacio.
LANZAROTE, LAGO VERDE - HERVIDEROS - PLAYA BLANCA - PLAYA PAPAGAYO
EL MAPA DE LA RUTA
INFORMACIÓN ÚTIL
LAGO VERDE O LAGUNA DE LOS CLICOS
Información sobre el acceso y la geología de El Golfo.
LOS HERVIDEROS
Detalles del espacio natural y la costa de lava volcánica.
LA BELLEZA DE LO INHÓSPITO
EL BOTÍN FOTOGRÁFICO COMPLETO
Conducir, caminar, detenerse, pasar de largo. Quedarse o marcharse. Hoy, como ayer, sigo viajando así, decidiendo qué imágenes quiero robar y cuáles dejaré grabadas solo en mi retina. Me gusta sentirme un viajero libre aunque la mayoría de las veces esté condicionado.
EL DESTINO DE UN VIAJERO ANTISISTEMA
Mi destino es el norte de Lanzarote; la primera parada la localidad de Órzola, donde no cogeré el ferry que te lleva a la isla de La Graciosa, resultado de una decisión pragmática y un tanto antisistema, lo reconozco: Para disfrutar de playas espectaculares no es necesario pagar un transporte que se me antoja un pelín caro. No sé, tal vez me arrepienta.
La carretera por la que conduzco camino de Órzola me ofrece una preciosa gama de colores un tanto diferente al sur de la isla, el verde de los arbustos que empiezan a aparecer se mezcla con el de la piedra volcánica creando contrastes que guardo en mi memoria mientras conduzco. De pronto, aparecen tonalidades azules que llaman mi atención, llego hasta ese lugar, me detengo y me dispongo a robar la imagen que tengo ante mí.
Se trata de la playa del Caletón Blanco y lo que veo es una gama de azules que no es exclusiva del Caribe, ni del Mediterráneo ni de los glaciares más antiguos. La playa está protegida por un arrecife volcánico que mantiene sus aguas siempre mansas y con poca profundidad. La arena de color pálido crea esas tonalidades de las que hablo y que quiero llevarme conmigo. Me baño, buceo junto a los peces y tomo un poco el sol.
Órzola es un pueblo creado por y para el ferry, donde hay zonas de aparcamiento reservado para los que han comprado un billete de ferry a La Graciosa y el resto es zona azul. Como yo no voy a hacer ni una cosa ni la otra, me voy.
Llego al segundo hito del día, El Mirador del Río, otra intervención de D. Cesar Manrique en el entorno. Tras lo aprendido en los Jameos del Agua, decido no pagar la entrada. Después de esto, mientras dejo atrás el lugar y sigo conduciendo, me convenzo de que soy un viajero antisistema. La carretera continúa al borde del acantilado y a los pocos metros encuentro un lugar donde detener el coche para disfrutar de las mismas vistas de forma gratuita. Lo siento D. César. En cualquier caso, las vistas de La Graciosa son espectaculares.
La carretera desciende y nos lleva a tierra de surferos, Famara. Sus dunas invaden el pueblo haciendo inútil cualquier inversión en acerado o pavimento. Las vistas del mar y los acantilados son espectaculares y La Graciosa con su famosa montaña amarilla sigue siendo protagonista.
Queda atrás Famara y sigo en zona surf con parada en La Santa donde la famosa ola El Quemao queda en objeto no identificado. Perdonen mi ignorancia al respecto.
Regreso a casa con mucha belleza en las pupilas y sal marina en la piel. Ya en mi alojamiento repaso las fotos en mi cámara y confirmo algunas sensaciones. Hoy me he sentido un viajero libre y sí, también antisistema, qué se le va a hacer, soy así.
En el mapa tienes localizado el recorrido por el norte de la isla: la parada en el Caletón Blanco, el paso por Órzola, los acantilados del Mirador del Río y el descenso hacia el entorno de Famara y La Santa.
Os dejamos los enlaces para comprar, o no, los billetes para la Isla de La Graciosa, nosotros no fuimos, pero tal vez eso nos convierte en malos viajeros. A este respecto, nos consideramos un poco antisistema y a veces no vamos a donde todo el mundo dice que hay que ir. En cualquier caso, os animamos a que viváis vuestra propia experiencia.
Accede al álbum compartido en Google Photos para explorar todas las capturas del norte de Lanzarote y Famara a máxima resolución.
El arbusto del que hablamos en el artículo es la Tabaiba dulce (Euphorbia balsamifera): Arbusto claro símbolo vegetal de la isla, muy común en coladas volcánicas del norte. Se puede ver en abundancia a lo largo de toda la carretera LZ-1 que conecta el norte de la isla con el pueblo de Órzola, así como en los accesos a la playa del Caletón Blanco. De hecho, este tramo atraviesa directamente el Monumento Natural del Malpaís de La Corona, un inmenso campo de lava negra que sirve de hábitat ideal para esta especie. Del volcán La Corona ya os hablamos en el artículo sobre la Cueva de Los Verdes y los Jameos del Agua.
Un poco de información acerca de los lugares visitados, o no, por el Ladrón de imágenes, podríamos haber hecho copia-pega y colocarlo como si fuera de nuestra cosecha, pero se nos vería el plumero enseguida.
Código ético: Ninguno de los establecimientos mencionados ha pagado por aparecer en este espacio.
LANZAROTE, POR EL CALETÓN BLANCO Y LAS DUNAS DE FAMARA
EL MAPA DE LA RUTA
INFORMACIÓN ÚTIL
LÍNEAS ROMERO — FERRY LA GRACIOSA
Compra de billetes y trayectos desde Órzola.
BIOSFERA EXPRESS
Naviera alternativa para conectar con La Graciosa.
LANZAROTE GUIDES — FERRY A LA GRACIOSA
Guía de travesía y reservas.
FERRY ISLA LA GRACIOSA
EL BOTÍN FOTOGRÁFICO COMPLETO
FLORA LOCAL: LA TABAIBA DULCE
ENLACES Y PUNTOS DE INTERÉS
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