Karaköy fue la base, un hotel a pie del agua con el tranvía y los embarcaderos de ferri a un par de minutos, así que todo el fin de semana salió de ahí y volvió ahí.
El aeropuerto de Estambul es tan grande que cruzarlo entero se convierte en una caminata con propósito propio. Es, dicen, la terminal más grande del mundo bajo un mismo techo, y lo primero que hice al aterrizar fue caminar durante un buen rato sin llegar a ningún sitio reconocible. Aquel ocho de mayo coincidía además con el arranque de la temporada del Hach, así que entre la multitud de siempre se mezclaban peregrinos vestidos de blanco de la cabeza a los pies, algunos todavía con la maleta a cuestas, camino de otra puerta y otro destino sagrado.
La salida fue peor que la llegada. Fuera de la zona de recogida de equipajes hay una especie de embudo humano, gente sujetando carteles con nombres mal escritos, conductores que se ofrecen antes de que hayas decidido nada, colas para traslados que no coinciden con ningún cartel visible. Tardé más en encontrar mi coche que en volar desde España. Para cuando llegué al hotel ya eran casi las siete y media de la tarde, con ese cansancio raro de después de cualquier vuelo, que no es cansancio de verdad ni tampoco descanso, solo ganas de sentarte en algún sitio que no se mueva.
A dos minutos andando del hotel empieza Galataport, el paseo marítimo que hasta hace poco era zona de puerto cerrada, con almacenes y verjas, prohibida para cualquiera que no llevara uniforme. Estuvo así desde finales del siglo diecinueve. Ahora hay restaurantes de diseño, un museo con firma de Renzo Piano y una terminal de cruceros escondida bajo el suelo, con un sistema de compuertas para que no se note que hay barcos enormes atracando justo debajo de donde paseas. Cené frente al agua, con la península histórica iluminada al otro lado, y todo aquello tenía un aire de escenografía perfecta que despierta cierta sospecha. Como si la ciudad se hubiera arreglado para la ocasión y yo llegara tarde a la fiesta de verdad, la de antes, la que ya no existe. Hice un par de fotos y las borré esa misma noche, en el hotel, sin saber muy bien por qué. Ninguna se parecía a lo que había sentido paseando.
El ferri público tarda veinte minutos en cruzar a Üsküdar, y nada más bajar aparece la mezquita de Mihrimah Sultan, pegada al embarcadero. La construyó Sinan a mediados del siglo dieciséis para la hija de Solimán el Magnífico, y cuenta la leyenda que el propio arquitecto estaba enamorado de ella, aunque acabó casada con el gran visir. Sinan levantó otra mezquita gemela en Edirnekapı, al otro lado de la ciudad, con el mismo nombre, de modo que cuando el sol se pone detrás de una, la luna sale detrás de la otra. Mihrimah significa sol y luna en persa. Da igual si la historia es del todo cierta o si alguien la fue mejorando con los siglos. Prefiero no comprobarlo.
Kuzguncuk empezó siendo un barrio judío. Muchos de sus primeros vecinos llegaron huyendo de la expulsión de 1492, la misma que sacó a los judíos de España, y dicen que el sultán mandó barcos a buscarlos. Con el tiempo se sumaron griegos, armenios y musulmanes, y durante generaciones convivieron sin demasiado ruido. Dos sinagogas, dos iglesias ortodoxas, una iglesia armenia, dos mezquitas, todo a menos de quinientos metros. Hasta hace poco nadie cerraba la puerta de casa con llave. Ahora las fachadas de madera están pintadas de colores pastel y hay más cámaras de fotos que vecinos asomados a la calle, aunque procuré no sumar mucho a esa estadística. Fotografié las fachadas, no a la mujer que tendía la ropa desde un balcón ni al niño que jugaba solo en un patio, aunque los dos habrían salido mejor en la foto que cualquier fachada. El barrio conserva, pese a todo, un ritmo de pueblo que Estambul perdió en casi todas partes.
Kadıköy es la parte de Estambul que menos posa para la cámara. El mercado ocupa varias calles enteras, pescado recién bajado de la lonja, montañas de especias, quesos que no había visto en mi vida, y nadie te mira dos veces si no compras nada. Comí en Çiya Sofrası, el restaurante que puso este mercado en el mapa gastronómico mundial, con recetas de Anatolia que no había probado ni sabía que existían, señalando en la vitrina lo que no reconocía, que era casi todo.
Pedir así, sin entender una palabra, deja tiempo para fijarse en el idioma. El turco suena de una manera que no se parece a nada europeo, todo sufijos pegados unos a otros hasta formar palabras larguísimas, sin géneros, con el verbo siempre al final, esperando paciente a que termines la frase para saber qué has dicho. Tiene, dicen los lingüistas, un parentesco lejano y muy disputado con el japonés, la misma estructura de piezas encajadas, el mismo orden de sujeto, objeto y verbo, aunque nadie se pone de acuerdo en si eso significa algo o es pura coincidencia geográfica. Da igual, aprender cuatro palabras de cortesía me llevó tres días enteros y tampoco me sirvió de mucho.
Por la tarde crucé a Moda, la zona más desenfadada del lado asiático, con su paseo marítimo, sus tiendas de discos y su tranvía histórico dando vueltas sin prisa. Estaba abarrotada de turcos, no de turistas, y el ambiente era de esos que no se pueden fotografiar bien por mucho que lo intentes. Gente sentada en las terrazas mirando el mar de Mármara y las islas de los Príncipes al fondo, familias enteras que no parecían ir a ningún sitio en concreto, y yo en medio, contento de no entender del todo lo que pasaba a mi alrededor.
A las ocho y media tenía entrada para el espectáculo del centro cultural Hodjapasha, dentro de un hamam otomano del siglo quince reconvertido en teatro. Iba con la idea de ver a los derviches girando, la ceremonia sema, mística y en silencio, con el público sin aplaudir al final. Pero el horario que tenía no era ese. Hodjapasha programa dos espectáculos distintos, y por un lío con la reserva entré en el otro, uno de danzas folclóricas de varias regiones de Turquía, con descanso incluido y bastante más ruido que misticismo. No estuvo mal, pero tampoco fue lo que había ido a buscar, y eso se nota durante toda la función aunque intentes convencerte de lo contrario. Lo único que se salvó de verdad fue un bailarín que en un momento del programa hizo su propia versión reducida de derviche, con una estética muy suya, muy de Rodrigo Cuevas, y se ganó el aplauso más sincero de la noche.
El resto lo fui olvidando de camino a cenar en Kasap Osman, un asador minúsculo en la misma calle de Hocapaşa, donde llevan haciendo döner desde los años sesenta y donde a nadie pareció importarle que yo viniera de ver el espectáculo equivocado.
Vuelvo al hotel por el mismo tranvía T1. Mañana, Fener, Balat, y una tarde de barco que todavía no sé cómo contar.
El mapa recoge los puntos de este primer tramo, Karaköy, el cruce a Üsküdar, Kuzguncuk, Kadıköy y Moda. La travesía en ferri no se refleja bien en un mapa de carretera, tomadlo como orientación, no como ruta exacta. Debajo tienes el álbum fotográfico completo, los enlaces útiles y la información práctica de estos dos primeros días. Información oficial, consejos y recomendaciones para el viernes y el sábado Accede al álbum compartido en Google Photos para explorar todas las capturas de estos dos primeros días a máxima resolución. Viernes — Llegada al aeropuerto, traslado a Karaköy, paseo y cena en Galataport. Cheers Porthouse, en Karaköy, a un par de minutos del tranvía T1 y de los embarcaderos de ferri. El aeropuerto de Estambul es enorme, calcula tiempo de sobra para cruzarlo. A la salida, la zona de traslados es caótica, mejor reservar transporte con antelación y tener claro el punto de encuentro exacto antes de aterrizar. La ceremonia sema de los derviches y el espectáculo de danzas folclóricas Rhythm of the Dance van en horarios distintos y no son lo mismo. Solo uno de los dos es la ceremonia mística, comprueba el horario de tu entrada antes de reservar. Çiya Sofrası, en el mercado de Kadıköy, cocina de Anatolia poco habitual fuera de Turquía. Kasap Osman, en Hocapaşa, asador pequeño y sin pretensiones, perfecto después del espectáculo. La tarjeta Istanbulkart cubre tranvía, ferri, autobús y teleférico, y sale más barata en trasbordos. Las tarjetas de crédito y débito sin contacto también funcionan en tranvía, metro y autobús, con la excepción del Marmaray, que solo admite Istanbulkart. El ferri Karaköy-Üsküdar tarda unos veinte minutos y sale con frecuencia alta. Para entrar en mezquitas hay que llevar hombros y rodillas cubiertos, las mujeres necesitan cubrirse la cabeza (suelen prestar pañuelos a la entrada de las más visitadas) y hay que descalzarse antes de pisar la alfombra. El agua del grifo no se recomienda para beber, aunque el agua embotellada es barata y está en todas partes. La propina ronda el diez por ciento en restaurantes, no es obligatoria pero se espera si el servicio ha sido bueno. El regateo tiene sentido en el Gran Bazar y en tiendas de souvenirs, no en restaurantes ni comercios con precio marcado. Conviene llevar algo de efectivo en liras turcas para dolmuş, taxis y mercados, aunque cada vez se acepta tarjeta en más sitios. Código ético: Ninguno de los establecimientos mencionados ha pagado por aparecer en este espacio.
LLEGADA Y GALATAPORT
ÜSKÜDAR Y LA MEZQUITA DEL SOL Y LA LUNA
KUZGUNCUK
KADIKÖY Y MODA
LA NOCHE EN HODJAPASHA
EL MAPA APROXIMADO
GUÍA PRÁCTICA Y ENLACES — PARTE 1
HODJAPASHA CULTURE CENTER
Horarios de los dos espectáculos. Mira bien cuál reservas antes de pagar.
ÇIYA SOFRASI
El restaurante que puso el mercado de Kadıköy en el mapa gastronómico.
GALATAPORT
El paseo marítimo y el nuevo puerto de cruceros de Karaköy.
ISTANBULKART
La tarjeta de transporte, dónde comprarla y cómo recargarla.
CHEERS PORTHOUSE
El alojamiento en Karaköy, base de todo el fin de semana.
EL BOTÍN FOTOGRÁFICO COMPLETO
LOS DOS DÍAS
Sábado — Ferri a Üsküdar, paseo por Kuzguncuk, mercado y comida en Kadıköy, tarde en Moda, espectáculo nocturno en Hodjapasha y cena en Sirkeci.ALOJAMIENTO
EL AEROPUERTO Y EL TRASLADO
HODJAPASHA
DÓNDE COMER
TRANSPORTE
CONSEJOS PRÁCTICOS PARA VISITANTES
Estambul, la cara B. Parte 1
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