Érase una vez Suzdal

SUZDAL Y LAS ALMAS ROBADAS 

El ladrón de imágenes llegó a bordo de un viejo y pequeño autobús, desapercibido en sus asientos, oculto por las personas que llenaban el pasillo. Nadie se fijó en el modo que miraba por la ventanilla, atesorando el paisaje. Reteniendo en su oído y quién sabe dónde más, el canto de las mujeres que trataban de hacer su viaje más llevadero. No lo sospechaban, pero él se llevó una parte de sus almas.

Nadie le vio bajar del autobús, pronto dejó de existir en sus recuerdos. Observó la plaza amplia rodeada de casitas bajas. A su alrededor, el pueblo crecía con casitas de madera. Él acomodó su lente mágica entre sus dedos y robó algunos ventanales decorados. Se sintió un poco violento a pesar de que aquello era algo innato en él. Le pareció que estaba robando algo demasiado personal, si eso era posible.

Miró a su izquierda y vio un mercadillo. Las mujeres vendían souvenirs, fruta, verdura y mermeladas caseras. Su paladar se humedeció. Era un ladrón pero le gustaban las cosas ricas. Siguió hacia adelante y al final de los puestecitos encontró el Kremlin de Suzdal. Las cúpulas azules de su iglesia llamaron tu atención. Las robó. Era un recinto del siglo X, Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Sonrió.

Los monasterios

Deshizo el camino y se encontró al inicio de la calle Lenina, la principal de Suzdal. Era un camino agradable pero quizá demasiado obvio, demasiado visible.

Necesitaba una alternativa. Una iglesia pequeña de tejados negros le invitaba a apartarse, así que decidió tomar aquel camino que le ocultaba de las miradas. Un buen ladrón debía pasar desapercibido. Le condujo al río y a un camino que transcurría por su ribera, entre las casitas de madera. Robó casas de colores, ventanas decoradas y un poco de las vidas de Suzdal, al menos aquella parte que los propietarios de las casas pusieron en esas ventanas.

No lo sospechaban, pero él se llevó una parte de sus almas

Le robó el alma a una familia que pasaba el día junto al río y a un chico que pescaba.

El camino le llevó a un monasterio de murallas blancas. Sacó su libro de notas, donde planificaba sus golpes. Pokrovskiy monastyr', leyó. Era un monasterio de principios del siglo XVI. Al cruzar el umbral sintió como el ritmo de su cuerpo se acompasaba. Rodeó la muralla del monasterio hasta llegar el río y lo cruzó por un pequeño puente de madera.

Llegó al pie de la colina, la muralla roja del Monasterio de San Euthymius le hizo sentirse pequeño. Se concentró en su libro de notas para huir de aquella sensación. Se había fundado en el siglo XIV y declarado patrimonio de la humanidad por la Unesco. Su estructura, como la de otros monasterios, era muy similar a la de un kremlin.

El camino ascendía y él fue al encuentro del monasterio a pesar de lo pequeño que se sentía. Una vez arriba, se giró y contempló el valle. Decidió robar aquel atardecer.

Pagó la entrada y visitó el monasterio, curioseó exposiciones, el huerto, museos, la Catedral de la transfiguración con su interior completamente decorado con frescos, su campanario y una antigua cárcel del siglo XVIII que se usó hasta le época soviética. Su colección de imágenes aumentaba.

Alguien hizo sonar las campanas, un pequeño concierto que le paralizó de forma inconsciente. El aplauso del público le devolvió a la realidad, pero ya era tarde para robarle el alma al hombre del campanario.


Abandonó el monasterio, se encontraba en el otro extremo de la calle Lenina. Quiso ocultar su lente mágica para no llamar la atención, pero no pudo evitar sacarla al cruzar otro monasterio y también para robar alguna que otra ventana más.

Alguien le miró. Era una chica rubia, de ojos azules, pómulos marcados y la cara redondeada. Algo en su interior deseaba robarle el alma, pero no le pareció prudente. Evitó sumergirse en aquella mirada y descubrió que la única forma de escapar era desaparecer. Se giró con la mirada fija en el fondo de la calle y comenzó a caminar.

La chica le siguió mirando, mientras lo hacía abrió su bolso, sacó una lente mágica y le robó el alma.

Y una vez leído este cuento, debes saber que existe una conexión con la realidad, que existe una ciudad llamada Suzdal llena de imágenes que robar. No te preocupes, te contaremos todo lo necesario para que vivas tu propia historia caminando por sus calles. Pero debes saber que también hay una moraleja, roba imágenes, atesora almas y después de todo ello… déjate robar.

LAS IMÁGENES ROBADAS

Después de leer la historia del ladrón de imágenes en Suzdal, tal vez te apetezca ver las imágenes robadas.


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